La insoportable levedad de… ser autor

A veces, en el transcurso de la lectura de un libro, encuentras inspiración. Antes de despedirme definitivamente del de Milan Kundera y de su La insoportable levedad del ser, he querido dejar aquí un fragmento que refleja de una manera muy interesante lo que hace un escritor. En el pasaje que comparto, en medio de la acción, el narrador nos brinda una digresión a propósito de uno de sus personajes:
«Y vuelvo a verlo tal como apareció ante mí no bien empezaba la novela. Está de pie junto a la ventana y mira, a través del patio, la pared del edificio de enfrente.

Esa es la imagen de la que nació. Como dije ya, los personajes no nacen como los seres humanos del cuerpo de su madre, sino de una situación, una frase, una metáfora en la que está depositada, como dentro de una nuez, una posibilidad humana fundamental que el autor cree que nadie ha descubierto aún o sobre la que nadie ha dicho aún nada esencial».

Esto es una de las maneras en que se dispara la imaginación de un escritor y su impulso creativo. Una imagen, una escena en la que reside la semilla de algo importante. El autor, naturalmente ignora, en un principio, a dónde va a ir a parar. Todo tiene que averiguarse mientras escribe. Entonces, las preguntas acerca de su «visión» se suceden: ¿Quién esa persona? Por qué está en esa situación? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Con qué sueña por las noches?
Milan Kundera prosigue:
«¿Acaso no es cierto que el autor no puede hablar más que de sí mismo? Mirar con impotencia el patio y no saber qué hacer; oír el terco sonido de las propias tripas en el momento de la emoción amorosa; traicionar y no ser capaz de detenerse en el hermoso camino de la traición; levantar el puño entre el gentío de la Gran Marcha; hacer exhibición de ingenio ante los micrófonos secretos de la policía; todas esas situaciones las he conocido y las he vivido yo mismo, sin embargo de ninguna de ellas surgió un personaje como el que soy yo, con mi currículum vitae. Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron. Por eso les quiero por igual a todos y todos me producen el mismo pánico: cada uno de ellos ha atravesado una frontera por cuyas proximidades no hice más que pasar».
Aquí Kundera apunta una paradoja llena de sentido: independientemente de las escenas que surjan en su mente y lo desconectadas que puedan parecer del mundo del autor, todo eso ya le pertenece. El escritor en ese sentido jamás podrá huir de hablar de sí mismo, incluso aunque cuente una realidad nunca vivida. Pero a la vez que se crean en él, los personajes de la historia lo llevan más allá de si mismo, a un lugar en el que nunca ha estado, lo aproximan a descubrir las posibilidades que nunca se realizaron.
Y después matiza:

«Es precisamente esa frontera (la frontera tras la cual termina mi yo), la que me atrae. Es más allá de ella donde empieza el secreto por el que se interroga la novela. Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo. Pero basta. Volvamos a Tomás…»

La novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre la vida humana. Por eso, escribir es buscar sentido. Sentido en lo fácil y en lo difícil; en lo ligero y lo pesado; en lo imaginado y en lo nunca imaginado…

Carol: mucho más que espinacas a la crema sobre huevo poché

Carol es un libro que siempre me ha pertenecido. Desde que lo leí ha estado de algún modo en mí y por esa razón, confrontarlo a la peli, me daba algo de temor.

Sin embargo, he encontrado el modo de hacerlo a mi favor y es considerando que esta versión del libro suma. Así de fácil.

De hecho, una de las cosas que más me gustan, en conjunto, es que con esta peli, en mi opinión, el libro de P. Highsmith alcanza una resonancia mayor. Se convierte en un punto de partida, no de llegada. Y así, en en esta gran propuesta fílmica, se superponen el talento de Patricia Highsmith, el de Todd Haynes y el de Douglas Sirk. ¿Bien, no?

Pero, voy por partes:

La Carol de Todd Haynes es, para empezar, una gran adaptación. El guion, escrito por Phillis Nagy (¿es relevante comentar que es lesbiana?), está nominado al Oscar en esta categoría. La peli acierta en recoger la esencia del libro. Y eso es, para mí, lo más importante en una adaptación. Creo que se toma en serio la premisa de la escena detonante (del libro y la peli): el encuentro en los Grandes Almacenes. Esa es la escena de la fascinación y la atracción, el motivo principal de esta historia. Y, en la misma línea, cierra el círculo con esa mirada de fascinación también, esa que promete tanto para el futuro de Carol y Therese.

A partir de este núcleo, Haynes realiza un trabajo virtuoso de puesta en escena, de fotografía, y de composición. El director norteamericano se ha entregado con esta peli y eso se nota. Aquí culmina una vocación clásica (ya manifestada con Lejos del Cielo y Mildred Pierce), con el referente de D. Sirk siempre en mente. Sirk decía que la filosofía de un director de cine está en la iluminación y los encuadres. Pues en Carol Todd Haynes nos muestra toda su filosofía.

Esta es una película reposada, más acumulativa que guiada por el causa-efecto, un poco como son algunos libros de Patricia Highsmith (pienso ahora en El diario de Eddith o El hechizo de Elsie), sumando emociones, dando pinceladas, creando atmósfera. No todos los días ves una película en la que cada plano es un regalo.

Creo que es obligado hablar de los planos en los que la composición a menudo impide ver parte del encuadre. Hay un efecto pecera, como si viéramos la historia a través de filtros: de cristales, de ventanillas, de ventanales. Y ahí nos posiciona a nosotros como testigos de la historia.

La música funciona a la manera del melodrama clásico: apoyando la historia, potenciando la emoción (ese fantástico plano final en el restaurante no sería igual sin la música de Carter Burwell).

A lo dicho anteriormente, se suman las interpretaciones femeninas: una magnética Cate Blanchett y una inocente y frágil Rooney Mara. Si ellas están sublimes; ellos son un poco de cartón-piedra… Porque esta peli es de ellas, como las historias de amor son de sus protagonistas. Y, bueno, en el cine heterocéntrico que nos domina, esto se agradece (¿qué se siente al ser un muñeco?). El papel de Abby se ha reducido y ajustado en comparación con el libro, pero Sarah Paulson está perfecta y sus pocas escenas aportan siempre.

El mensaje de la peli puede parecernos ahora obvio, pero hay que contextualizarlo con su época: la libertad no tiene condiciones y sí sacrificios. La naturaleza no se traiciona. Y nadie tiene la culpa.

Creo que ahí es donde Todd Haynes encuentra otra vez un aliado natural en Douglas Sirk. No podía ser de otro modo. Sirk, nacido en Dinamarca, pero criado en Alemania y afincado en EEUU (huyó de los nazis), es responsable de varios melodramas magníficos –desde Solo el cielo lo sabe, (1955) hasta Imitación a la vida, (1959)– que criticaban la sociedad americana de la época de Eisenhower. Sirk nos representaba a la mujer oprimida por el puritanismo social, asfixiada por el entorno. Y lo mostraba con technicolor y seda. Cine clásico con la semilla de la subversión. Y eso,  ese espíritu rebelde, parece perfecto para la adaptación de la novela de Highsmith. Hemos tenido que esperar 65 años, ¿bueno y qué?

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Solo el cielo lo sabe. La magia de D. Sirk

 

Con la lejanía que imponen los años, podemos caer en el error de etiquetar a Douglas Sirk de clásico, pero no: Douglas Sirk pertenece a ese período que va abandonando el clasicismo de la época dorada de Hollywood y que se hace manierista. Los años cincuenta, que repasan el canon clásico y lo estiran, lo deforman, como Miguel Ángel hizo con su pintura. Hay más torsión, más movimiento, hay tensión y ruptura. Todd Haynes, sin duda, tiene su propia mirada del clasicismo y de este modo Carol nos ofrece un exceso de canon, un algo exagerado y forzado. Como una mirada irónica (que puede permitirse mostrar sexo entre dos mujeres y acabar con la elegancia formal de un desenfoque); Como si, de su propuesta estética, quisiera escapar la fuerza. Como si la pasión no pudiera contenerse en el contexto obtuso de la época. Como si, en suma, los años cincuenta, el cine clásico, el stablishment y todos sus garantes, no pudieran  poner límites a esta historia. Y ante eso, yo me quito el sombrero.

Si tengo que poner algún «pero» a la película… quizás, quizás, quizás… puede que elija lo mismo que constituye el punto fuerte. Esa fascinación que comentábamos y que está tan bien puesta en imágenes. Para explicarla hay que forzar la atracción. La sofisticación de Carol tiene que subrayarse. Eso, a veces, a mí me parece excesivo, como si se evidenciara que Carol es un personaje, como si le restara realismo. La afectación de la voz, siempre al límite de romper mi pacto con la credibilidad. Pero, después me digo que no, que tengo que excavar, que aquí hay mucho más que «espinacas a la crema sobre huevo poché». Porque, me pregunto: ¿no era acaso la mujer en aquella época una construcción forzada a asumir la perfección o desencajarse (me viene a la mente la magnífica Revolutionary Road). Y todo cobra sentido.

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Quién mira a quién

Mientras escribo esto, no he sabido decidir aún si el punto de vista omnisciente de la peli es la mejor solución. Y creo que es una de las… bifurcaciones que toma la peli respecto al libro. Carol (novela) cuenta la fascinación de Therese por Carol y su mirada también construye a Carol. Therese es la protagonista y la que sostiene el punto de vista. Así, con el avanzar de la historia, nos centramos en la incertidumbre que siente, en el amor que va descubriendo y en cómo se va transformando. Pero, en la peli (y para mí es la diferencia más estructural) Carol comparte el punto de vista y lo sume muchas veces. Esta elección narrativa le da cuerpo y matices y mucha complejidad. Carol ya no es mero objeto de fascinación. Ahora también es sujeto y un sujeto que reivindica su espacio y sus derechos. Ahí la peli está creciendo y añadiendo reflexión.

 

Sinceramente, y esto es una opinión, no creo que la novela, en el momento en que se escribió, tuviera una voluntad reivindicativa. Creo que estaba dictada por la libertad creativa de una joven y febril Highsmith que quiso escribir una historia de amor entre dos mujeres, con final feliz, a partir de una vivencia propia, y que no se puso ningún límite en la tarea y por eso nos regaló una obra maravillosa.

Pero es posteriormente, con los años, que la peli ahonda, con la perspectiva que da la distancia, en la situación de la mujer en los años cincuenta. Y es por eso, a la luz de esta interpretación, creo que, darle voz a Carol al margen de Therese, es un acierto.

Por si acaso…

Eran las nueve de la noche, mi vuelo había sido cancelado y me encontraba sola en el aeropuerto de Sídney. El problema no es que tuviera que esperar hasta el día siguiente para volar. El problema era que yo viajaba con Copito: un San Bernardo de 75 kilos al cual había sedado horas antes para afrontar el largo viaje y cuyos acuosos ojos me indicaban que la informalidad de una compañía aérea de bajo coste no lograría detener el letargo al que yo misma le había inducido sin su permiso.

Recurrí a Haruki, un ciberamigo japonés con contactos en todo el globo. Me confirmó que conocía a una docena de españoles en Sídney, entre ellos, a una pareja amante de los animales. Se podría en contacto con ellos para pedir asilo por una noche.

Una hora más tarde, el amigo de Haruki, Ernesto, vino en mi búsqueda al aeropuerto. Subimos a Copito al coche, quien para entonces ya era una mansa alfombra. Ernesto y su mujer, Eva, vivían en un apartamento en la playa de Bondi. Llevaban dieciocho meses en Australia. Él estudiaba lenguas indígenas en la Universidad de Sídney y ella buscaba su propósito en la vida. Ambos pasaban de los treinta. No tenían hijos y deseaban volver a España algún día.

Mientras aparcaba el coche, Ernesto me informó de que esa noche había otra huésped en la casa. Se trataba de Ana Garmendia, una veterana fotógrafa chilena experta en conflictos bélicos, conocida también de Haruki.

Cuando entramos en casa, Eva estaba encaramada a una silla, cambiando una bombilla. Le daba instrucciones desde el suelo una robusta mujer de unos sesenta años que, a juzgar por su acento, sólo podía ser la fotógrafa. Al vernos, Eva saludó jovialmente y vino a recibirnos. Advertí que cojeaba ostensiblemente, lo que imprimía a su rápido caminar un llamativo efecto ondulante. Como aún cargábamos con el inerte Copito, nos abrió paso, apresurada, e indicó que lo dejáramos en el sofá, para que no cogiera frío. Ana Garmendia sacó varias instantáneas de la escena sin dejar de repetir: “¡Fascinante!, ¡Fascinante!”.

Comenzamos a cenar, pues nuestra anfitriona había tenido la amabilidad de prepararnos algo de picar. El vino no escaseó. Yo me sentía feliz en la calidez de aquel hogar. Ernesto era ingenioso, la señora Garmendia, locuaz y Eva… extraordinaria. Era muy pálida  y tenía unos ojos oscuros y despiertos, capaces de producir miradas intrépidas, divertidas, curiosas y temerosas según su antojo.

La señora Garmendia fue la primera en advertir la cicatriz que Eva escondía bajo su melena. Partía de su oreja izquierda y llegaba hasta la base de la clavícula, como la cremallera de un jersey de cuello alto. La chilena quiso saber si aquello era producto de algún accidente doméstico, pues ella se jactaba de no haber sufrido jamás herida alguna en sus años en Nicaragua, Bosnia e Irak. Ernesto carraspeó, pero Eva ya había comenzado a hablar, acariciándose el cuello. “Esto me lo hizo la paralítica. Solo fue una advertencia”.

Garmendia quiso saber si con eso de la paralítica se refería a algún aparato de cocina dicho en jerga española.

“Cuando era niña, en España —explicó Eva—, pasé un verano en un sanatorio regentado por las hermanas Teresianas. Allí casi todas las niñas éramos… escrofulosas”. Como de nuevo la  miráramos con extrañeza, Eva aclaró: “Estábamos enfermas. Unas eran tuberculosas y otras sufríamos de los huesos. Las más afortunadas usábamos muletas. Las menos, eran deformes. Niñas contrahechas, pálidas y débiles”. Inmediatamente, me dejé seducir por su relato de infancias deformadas.

“Las hermanas nos daban baños de sol en el mar y nos aplicaban cuidados paliativos. Mucho antes de llegar allí por primera vez y de que me diagnosticaran mi dolencia, yo ya había soñado con ella, con la paralítica. En mis sueños era una mujer horrible, pequeña y enjuta postrada en una silla de ruedas. Se aparecía junto a mi cama. En mis pesadillas me contó que mataría a todas las niñas cojas, débiles y confiadas. Para ello, esperaría al caer la noche y cuando estuviéramos dormidas, ¡zas!, acabaría con nosotras. Yo era hija única y dormía sola. Jamás me atreví a contar el sueño a nadie, pero yo sabía que ella cumpliría su promesa. ¡Imaginaos cuando llegué al sanatorio! Me llevaron al dormitorio: allí había diez camas individuales y una vieja litera, la única de la residencia. Podéis adivinar lo que pensé. Si la paralítica aparecía, sólo podría salvarse una niña: la que no fuera confiada. La que no estuviera a su alcance. Las otras nueve, morirían”.

“No digas ¿y murieron?” —interrumpió la chilena, divertida.

“Por supuesto —aclaró Eva despreocupadamente—. Una tras otra”.

Ernesto sugirió que cambiáramos de conversación, pero yo le rogué a Eva que prosiguiera. No tuve que insistir.

“Aún hoy, me culpabilizo pensando que elegí la litera y la cama de arriba para salvarme, aún a costa de las otras niñas. ¡Pero quería sobrevivir! Cada noche, cuando el silencio se adueñaba del sanatorio, oía un chirrido: eran las ruedas mal engrasadas de la silla de la paralítica. Y siempre era igual. El chirrido, el golpe seco, los estertores y el ruido de las cabezas al caer.

Ana Garmendia rompió a reír. “Pero eso es del todo imposible, querida, ni aun con toda la imaginación de un infante. ¿Y las monjas?, ¿qué no se enteraban de nada?”¿Reponían a las niñitas como cocos en frutería o qué?”

Eva no reía: “Siempre había niñas nuevas y las hermanas atribuían aquello a un designio divino, incapaces de encontrar explicación. Cada mes, nueve niñas morían, las monjas enterraban sus cadáveres y yo callaba, aterrada, pensando sólo en conservar mi privilegiado sitio.

“¿Y qué… paso?” –quise saber, señalando su cicatriz.

“Una noche de aquellas, la paralítica cumplió su macabro ritual. El chirrido parecía alejarse de la habitación, pero, de pronto, volvió a sonar, cada vez más cerca. Escuché su respiración a los pies de mi litera. La respiración se convirtió en una risa convulsa. Yo estaba contra la pared con los puños apretados, rezando todas mis oraciones. Me decía que aquél monstruo no podría alcanzarme. De pronto, ante mí se alzó el filo de un hacha que cayó sobre mí como un péndulo, desgarrando mi carne. “Te crees muy lista, niña, pero puede que alguna noche no puedas elegir ese sitio. Y esa noche, nos veremos”. Se alejó tarareando una siniestra canción. Las monjas acudieron alertadas por mis gritos. Me llevaron al hospital, casi desangrada. Con el escándalo, las monjitas cerraron el balneario y la paralítica desapareció de mi vida. Me convencieron de que todo había sido una invención. Pero yo no olvido las muertes de aquellas niñas, ni la crueldad de aquella mujer. Ni tampoco su advertencia de que me seguiría al fin del mundo esperando su ocasión.

 La chilena volvió a estallar en una sinfonía de risas, esta vez histriónicas: “Bueno, es una historia muuuy divertida, pero, en serio, Eva, ¿cómo te hiciste esa cicatriz? De verdad me interesa.

“Ya te lo he dicho. Me lo hizo la paralítica”, repitió Eva con acento cándido.

Garmendia miró a otro lado con gesto confundido y nos levantamos de la mesa. Copito dormía feliz en el sofá y Eva fue a acariciarlo, arrastrando su pierna izquierda. Lo besó en la peluda frente con ternura. “Llegó la hora de dormir”, anunció.

Eva nos acompañó a la habitación de invitados. Encendió la luz y vimos un hermoso cuarto decorado con pósters de cine. En el centro de la estancia había por única cama una litera de aspecto infantil. “Elegid vosotras el sitio que prefiráis”, dijo antes de dejarnos allí solas.

Garmendia y yo sonreímos. La noche era calurosa en Sídney, las antípodas de España. Al alba, las dos partiríamos y jamás volveríamos a vernos, ni a Eva ni a Ernesto.

“Pobre muchacha, está medio loquita, ¿eh?”, dijo la fotógrafa lanzando su desgastada mochila en la cama de arriba y asiendo las escaleritas de madera para iniciar el ascenso. “Es una lástima, tan joven y bonita. Debe de ser por la cojera, que no lo asume y se inventa cuentos. Pero, ¡qué imaginación más prodigiosa!, ¡qué cantidad de tonterías!, ¿eh? Dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, pues ella lo tiene todo, ¿verdad?”

Asentí, contemplando la dorada réplica de un Oscar de Hollywood que había en la mesita de noche.

Confieso que golpeé a Ana Garmendia con la estatuilla hasta dejarla inconsciente. Después le limpié la sangre de la sien con cuidado y la instalé en la cama inferior. Incluso la arropé.

Me sentí ligeramente cobarde y ruin, pero yo no estaba dispuesta a dormir abajo.

Transamerica

Transamerica (Duncan Tucker, 2005), es una road movie trans que funciona muy bien. Sencilla, conmovedora, efectiva, muy humana.

Cuenta la historia de Bree, un transexual que está esperando la operación genital final que la certifique como mujer. Mientras llega ese día, vive como una «invisible», tratando de integrarse. Trabaja en telemarketing para pagarse la operación y sigue un curso de entrenamiento de la voz para afinar su timbre.
Todo parece a punto de culminar felizmente, pero, una semana antes de operarse, a Bree le comunican que tiene un hijo de 17 años que está detenido en en Nueva York por un asunto de drogas. Al parecer, cuando Bree iba a la universidad, y aún era Stanley, tuvo una relación breve con una chica, Y de ahí lo del hijo, del que nunca había sabido nada. Ahora la madre del chico está muerta y Bree se ve obligada por su terapeuta a afrontar el asunto.
Dispuesta a arreglar el trámite y volver a su vida, se presenta ante el chico como una misionera cristiana que ha decidido ayudarlo en esos momentos. Bree confía en encontrar un familiar que se ocupe del chaval. Juntos emprenden un viaje en coche desde Nueva York hasta California, recorriendo paisajes de América poblados de americanos de todos los tipos. En ese trayecto a través de Kentucky, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona… se irán conociendo, desafiando y comprendiendo. Es un viaje en el que Bree tiene que enfrentarse a sus decisiones, a sus relaciones y a su posición en el mundo. En el que debe aceptarse, exigir aceptación y salir de su invisibilidad. Transamerica es más que una película sobre transexualidad. Es una historia de un padre (o madre) y su hijo.

En esta película es muy importante la interpretación de Felicity Huffman. No puedo dejar de señalar el hecho de que una actriz interprete a una mujer nacida hombre. Podemos preguntarnos si no hubiera sido preferible escoger a un hombre. Lo cierto es que, la elección de una actriz, nos ayuda a ver a Bree como mujer y centrar más el conflicto en lo interno, y creo que es eso lo que pretende Duncan Tucker. Al margen de lo paradójico o no del casting, Felicity Huffman está sublime. Conocida por su papel de Lynette Scavo en Mujeres Desesperadas, se atrevió a aceptar esta ópera prima de Tucker, una película independiente y poco convencional. Y demuestra todo su potencial de actriz. Tanto en lo gestual, en la modulación de la voz, como en el papel que construye. Con un toque cómico, pero trágico a la vez. Digno y humillado, muy almodovariano. Muchos matices que le valieron, entre otros reconocimientos, un globo de Oro y una (insuficiente) nominación al Oscar (que se llevó Reese Whiterspoon por En La Cuerda Floja). También está muy bien Kevin Zegers como Toby, el adolescente conflictivo, desorientado y obligado a salir adelante desde niño.

Uno de los aspectos más valiosos de esta película, a mi modo de ver, es que, con su acertada mezcla de humor y drama, te hace pensar. Porque Bree es una mujer que se enfrenta a continuas humillaciones en el día a día. Sutiles, ligeras, como que insistan en llamarla por su nombre de nacimiento (Stanley), o las miradas de reprobación… o más graves como la incomprensión de los médicos y psiquiatras, o el desprecio de su familia. «Te queremos», dice su padre, «Pero no te respetamos» añade su madre. Y eso es lo que hay que cambiar con normalidad, visibilidad y pelis como esta. Es ahí donde la dignidad del personaje debe prevalecer, con todas sus ilusiones, con su manera de ser, con sus contradicciones (hasta con su orgullo de ser cristiana).
Me quedo con una línea de diálogo que me gustó especialmente:

DOCTOR: La Asociación Psiquiátrica Americana considera la disforia de género una enfermedad mental muy grave.

BREE: Después de mi operación ni siquiera un ginecólogo será capaz de detectar nada fuera de lo normal en mi cuerpo. Seré una auténtica mujer. ¿No le parece extraño que la cirugía plástica cure una enfermedad mental?

Os recomiendo este melodrama tierno y auténtico. Bree es un personaje que merece mucho la pena y que no os arrepentiréis de conocer.

Luna en Brasil

Tenía yo  muchas ganas de ver Luna en Brasil y a la vez me la iba reservando, con un poco de temor. ¿Por qué? Porque aborda la vida de un autora que me es muy querida, la poetisa norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979). Su obra North and South, a Cold Spring (1956), premio Pulitzer de poesía, es uno de los referentes fundamentales en la tradición poética americana del siglo XX. Con Silvia Plath y Marianne Moore, que fue su mentora, forman parte de lo más importante de la poesía norteamericana contemporánea.

Elizabeth forma parte de un selecto grupo de mujeres que estudió en Vassar, una universidad privada neoyorquina, en los años 30. Allí coincidió con la también genial Mary Mccarhty, que se convertiría en una pensadora imprescindible para la izquierda americana. De ese grupo de mujeres que fueron formadas para cuestionarse el mundo en una sociedad que aún era muy rígida, queda registro en la fantástica El Grupo (obra de ficción sobre una pandilla de 8 amigas de Vassar), escrita por la propia Mccarthy y que fue un bestseller en los años sesenta. Aunque no se refiera a ella de modo explícito, siempre se ha sugerido que hay algo de Elizabeth Bishop en el personaje de Lakey, interpretado en el film por Candice Bergen. Al parecer, Bishop no estaba muy contenta con el retrato… pero dejemos eso para otra entrada…

Al margen de esto, el personaje en sí mismo de Elizabeth Bishop es fascinante. Se quedó huérfana de padre a los ocho meses y su madre fue internada en un psiquiátrico cuando ella tenía cinco años. Se crió con sus abuelos. Y no volvió a ver a su madre. La huella de esa ausencia y la presencia de la locura están bellísimamente registradas en el libro de relatos: Una locura cotidiana, editado en España por Lumen.

La película Luna en Brasil (2013), dirigida por Bruno Barreto, adapta el libro de Carmen Oliveira, Flores Raras y Banalísimas (-que ya está en mi lista de deseos-) y cuenta la historia de amor que vivió Elizabeth B. con la arquitecta brasileña Lota Macedo Soares, allá por los cincuenta. Bishop fue a visitar a una antigua amiga de Vassar (entonces novia de Lota) con la intención de pasar dos semanas y permaneció en Brasil quince años. Brasil, un país que en la peli se muestra alegre, optimista (quizá un poco inocente en lo político) y también exuberante y paradisíaco.

 

La historia pone en escena la personalidad opuesta y a la vez complementaria de estas dos grandes mujeres: una -Lota-, abierta, esponánea, vital y la otra -Elizabeth-, sensible, tímida, brillante. He quedado muy contenta con el resultado, porque la película de Barreto se aproxima al personaje de Bishop con mucha sensibilidad y acierto (aunque algunos críticos norteamericanos no estén de acuerdo). Un personaje que no es fácil de poner en imágenes. Los introvertidos son quizás los más difíciles de escribir, un auténtico desafío para el guionista.

Y la cinta lo consigue. Apoyada en buena parte por la pareja protagonista: Miranda Otto y Gloria Pires. Miranda Otto está, simplemente, espectacular. Desde la reservada Elizabeth del principio, a la entregada, pasando por los problemas de alcohol y depresión.
Gloria Pires, por su parte, nos acerca a la fascinante personalidad de la arquitecta que diseñó el Parque do Flamengo en Río (un referente de la ciudad). Tal vez un poco más desdibujada en la última parte de la película -en una evolución del personaje y un desenlace un tanto abrupto-.
Por su parte, completando el triángulo, Tracy Middendorf regala una muy buena secundaria, en una actuación con matices y contención.

En fin, Luna en Brasil, es muy recomendable para aproximarse a una creadora inmensa, a una mujer marcada por su infancia y sus inseguridades, pero también por su genialidad.

Pastelito de lima

¡Por fin diciembre!
El apasionante, eléctrico y extenuante Nanowrimo terminó y… terminó bien. Muy bien.  Las 50.000 palabras descansan ahora en un rinconcito de mi ordenador, y confío en que, revisiones mediante, se conviertan dentro de un tiempo en una novela. Yo estoy contenta con el primer borrador, pero solo es el punto de partida… Veremos.

Pero eso ya es el pasado y la vida sigue y tenía muy abandonado mi blog. Así que esta noche dejo un relato para ir haciendo camino.
Es solo un divertimento y me he permitido un cambio de punto de vista al final, que no sé si chirriará un poco…

I’m back

***

Pasaban de las nueve cuando mi prima Clara vino a recogerme. Habíamos quedado para ir a ver a Carmen. Carmen estaba en el calabozo desde la tarde anterior. Al parecer, la Inspectora Ana V. estaba convencida de su culpabilidad.

Las horas desde que me comunicaron la noticia, hasta que me prima me reclamó con el claxon de su Renault Clio, habían sido angustiosas, pero Clara tenía muy buena cara al volante de su coche.

—Tiemblo como un flan. Menos mal que tú estás tranquila.

—Eso es porque siempre he esperado esta oportunidad.

—Está encerrada. La acusan de asesinato.

—Por eso, tonta —hizo un gesto con la cabeza par que mirara en el asiento de atrás. Vi una gran caja de cartón como las que se usan para llevar dulces. Estaba sujeta con el cinturón de seguridad. Mi prima me guiñó un ojo:— Ya sabes: pastelito de lima.

Efectivamente, yo ya sabía. Desde que leíamos los tebeos en nuestra infancia, mi prima me había dicho que un día me sacaría de la cárcel. Y lo haría, no porque creyera en mi predisposición genética a la delincuencia, sino porque esperaba poder usar aquel recurso: ocultar una lima en una inocente tarta. Y engañar a la policía. Aunque aquello se había convertido en una broma recurrente entre las dos, yo nunca había dado crédito a esta fantasía de mi prima. Éramos adultas. Esto era la vida real. Y ahora era Carmen, nuestra otra prima, la que estaba en apuros.

Pero Clara tenía un genio de campanillas. Siempre mandaba en los juegos de las primas. Siempre elegía primero. Siempre decidía la película en el cine y el sabor de los helados que compartíamos. Yo ya sabía que era mejor no contrariarla de forma directa ni cuestionar su   dudoso sentido del humor.

—No sé si te das cuenta de la gravedad del asunto… —dije justo en el momento en que aparcamos frente a la comisaría. Ya era de noche.

 —Calla y date prisa en bajar. Carmen estará muy asustada y tendrá hambre.

Respiré hondo antes de abrir la puerta del coche. Que mi prima hubiera tenido el detalle de pensar en Carmen no tenía por qué indicar nada malo.

Cuando entramos en la comisaría, encontramos a la Inspectora con cara de pocos amigos.  Nos hizo entrar en la sala contigua al calabozo para explicarnos la situación. Hacía calor allí dentro, porque la Inspectora tenía la calefacción a tope. Era difícil hablar con ella: se paseaba, fumando nerviosa, en mangas de camisa y no se detenía más de tres segundos en un sitio. Tras un gran cristal que ocupaba casi una pared entera, estaba el calabozo. No podía ver a Carmen, pero sabía que estaba al otro lado. Clara dejó la tarta en una silla junto a los abrigos.  No dejaba de lanzarle miradas mientras escuchábamos a la Inspectora, que, al final, también acabó por fijarse en el paquete.

—Es para mi prima —dijo Clara—. Seguro que aquí le dan una comida apestosa.

Esta vez la Inspectora se quedó quieta:

—Nuestros menús no son muy variados, pero he oído que en la prisión estatal tienen mucha mano con la freidora…

No pude contener un escalofrío. La Inspectora Ana V. se acercó a la tarta. Inspeccionó los bordes del paquete con un boli.

—Le he prometido a mi novia que iría a la cena que organiza esta noche con sus colegas médicos –dijo. Dio una calada al cigarro mientras proseguía su examen— También le he dicho esta mañana que compraría espárragos en la tienda de Uri. Son cojonudos. Pero mira por dónde, aquí estoy, esperando una confesión.

—Mi prima no ha hecho nada —dije.

 —Ya… Esa mosquita muerta de su prima se niega a hablar. Está como en trance. Pero a mí no me engaña: se ha cargado a su jefa en un arrebato de orgullo profesional y le van a caer unos cuantos años a la sombra. De aquí la pasaremos al modulo de mujeres y no va a volver a ver la luz del sol. Pero ¿sabe qué? —me apuntó con su cigarro— No me interesan ni sus motivos, ni su historia de triste oficinista amargada. Solo quiero que confiese ya.

—Y podrá llegar al segundo plato, ¿no? —Clara había dado un paso al frente.

La inspectora nos dio la espalda y murmuró algo ininteligible. Después nos abrió la puerta:

—Voy a hacer una llamada. Esperen ahí dentro.

Por fin pudimos acercarnos a Carmen.  Estaba encerrada en una pequeña celda de apenas cinco metros cuadrados. Clara, a mi lado, se frotó las manos y se detuvo en el centro de la habitación. Yo me acerqué y agarré las manos de Carmen a través de los barrotes. La Inspectora tenía razón. Mi prima estaba como ida, parecía una mártir cristiana a punto de ser lanzada a los leones. Me sorprendió la dignidad de su mirada.

—Carmen, ¿no has sido tú, verdad? No puede ser. Tiene que haber un error.

Carmen miró al suelo, como hacía cuando era pillada en falta. Le apreté las manos, frías como el metal. La obligué a mirarme dándole un pequeño tirón:

—No soportaba su perfume —dijo.

Me derrumbé. Carmen una asesina. ¿Qué sería de ella a partir de ahora?

Miré atrás, buscando la ayuda de Clara. La Inspectora seguía en la otra sala, dando vueltas en círculos, pegada al auricular.

—No te preocupes —dijo Clara. Tenía la mirada encendida y las mejillas sonrosadas—.Te hemos traído algo que, además de alimentarte, te va a ir muy bien. Pasteltio de lima —canturreó—. Pastelito de lima.

Me acerqué a Clara y la sujeté por los hombros:

—¡Ya, vale! Esto es muy serio.

—Por eso mismo, la familia cuida de la familia. Las primas se ayudan. Y me he gastado una pasta en los ingredientes. Son de primera…

Entonces supe que lo había hecho. De verdad. Había metido una lima de ferretería dentro de la tarta. Levanté la vista, por puro instinto. Si nos escuchaba la Inspectora, seguro que metíamos a Carmen en un problema aún mayor. Pero allí donde había esperado encontrar a Ana V. había ahora una habitación vacía, iluminada por una solitaria bombilla. Solo nuestro abrigos reposaban sobre la mesa.

—Mierda —dije.

*

Ana V. había considerado de lo más justo posponer el interrogatorio unas horas y confiscar la tarta que las familiares de Carmen habían llevado a comisaría. ¿Se merecía aquella mujer un premio, después de lo que había hecho? En cambio, ella, llevaba veinte horas sin dormir. No soportaba decepcionar a Celia. Le había fallado incontables veces en sus encuentros sociales. Siempre el maldito trabajo lo primero… Pues bien, ahora el trabajo debía sacarla de aquel apuro. Y por lo visto, estaba resultando. Los colegas de Celia eran unos médicos un tanto estirados. Cenaban en los restaurantes más chic de la ciudad. Pero había que reconocer que la prima de la sospechosa había puesto empeño en aquella tarta. El merengue blanco y denso destacaba en el centro de la mesa. Todos la miraban con admiración.

Celia sirvió un trozo a su jefe. El Dr. Estrada, cirujano estrella del hospital y una eminencia nacional, se llevó la cucharilla a la boca. Todos esperaron el veredicto.

—Mmm —dijo al fin—.  Tiene un delicioso toque a lima…

Los planetas comen tarta de manzana

Escribo desordenadamente, en libretas, ordenadores, hojas sueltas. A veces abro un cajón y encuento una nota remota. Me cuesta entender mi letra (entender mi cabeza). Este texto -experimental- parte de una de esas notas…

Los satélites no son planetas, esto es bien sabido. Los satélites orbitan alrededor de los planetas. Pero, ¿tienen sentido en sí  mismos? ¿Qué queda de un satélite si eliminas su planeta? Los satélites, vistos así, son como verbos transitivos: necesitan siempre un objeto. «yo dejo..» probablemente será contestado: «¿Tú dejas el qué; de qué hablas»? Si un satélite no tiene objeto empieza a ser interrogado continuamente, y las preguntas son incómodas, porque a los satélites no les gusta pensar -ni ya digamos filosofar- sobre la razón de su existencia. Pienso luego existo, parecen decir; giro a tu alerededor, luego existo. Existo. Soy. Tengo sentido (y sensibilidad, querida).

Y hablando de sentidos por atar, polisémicos y plurales…

Íbamos por la estación de metro de Universitiet (yo, tan nerviosa, pero ya feliz porque salíamos por fin de los vagones, porque estábamos, poco a poco, fuera del laberinto de mármol y espejos, «que eso de ir bajo tierra yo se lo dejo a los topos».

Olga se acercó a mí en las escaleras mecánicas y con sonrisa traviesa y me dijo:

  —Marta, cántame un bolero español.

Yo, eufórica por sentirme libre del subsuelo me veía capaz de todo: «Nu kaniechka (claro!)!» y me lancé… «sin tiii no podré vivir jamás, y pensar que nunca más estarás junto a mi… Sin ti, no hay clemencia en mi dolor la esperanza de mi amor te la llevas por fin… Sin tiii»

La gente nos miraba y las dos nos reíamos.

  —Oh, maravilloso, maravillosoo. ¡Sois tan intensos los españoles!

Yo seguía feliz, desbordada:

  —Pues sí, querida Olia, porque dime: ¿qué hay más bonito que decirle a alguien «Sin ti no podré vivir jamás?»

  —Hay algo más rotundo, amiga Marta, más definitivo —su trenza oscilaba de un lado a otro mientras andábamos deprisa.

  —¿Ah, sÍ? y qué es eso más rotundo? –pregunté con cierta presunción.

  —Pues decirle «Bias tibiá, ya ne magú», que significa «Sin ti no puedo»…

  —¿No puedo qué?

  —No puedo. Y basta. Es intransitivo. Sin ti no puedo. Sin ti no soy.

Salimos por fin al exterior, era media tarde, llovía y Rafa , que se había unido a nosotras, enlazaba mi brazo.

  —¿Pero tú alguna vez has tenido un novio formal? —quería saber.

  —Shhh, calla.

Y ya no pude contestar, porque pensaba en que se me había revelado una verdad existencial y aún sentía el vértigo de asomarme a una frase rotunda y completa. Perfecta. Jaque-Mate.

Había sucumbido a la magia de un verbo intransitivo que acaba conteniéndolo todo porque a nada se ata.

***

John Travolta llora a la guitarra:

“Cuántos labios te han besado, cuántos, cuántos

Y han encendido tu alma, me lo pregunto.

Pero en verdad, no quiero saberlo”

Todos somos periféricos, pero tú eres central. O, todos somos contingentes, pero usted es necesario, señor Alcalde… ¿Qué es mejor, ser centro o periferia?, ¿periferia de qué? ¿Tú que prefieres?

Yo de pequeña tuve un estuche Pelikan amarillo con una foto de los planetas flotando en un universo oscuro. A mí aquella noche galáctica me recordaba a la Coca Cola: me hacía soñar y me daba sed.

Yo también giro alrededor de mi planeta, pero a veces me pregunto qué sería de él sin mi? «Bias tibiá ya ne magú».

—Señora Tierra, ¿echaría usted de menos a la Luna?

—Bueno, habría menos poesía sin ella…, pero también menos suicidas y menos dementes. La tranquilidad a ciertas edades se agradece.

Vicor Hugo, taza de café en mano, asiente: “Mais oui. Todas las pasiones se alejan con la edad…”

Pues aléjate tú también, Hugo y déjame hablar con mi planeta, que come tarta de manzana.

Estás comiendo tarta de manzana. No puedes resistir coger otra cucharada.

—Come, come —digo.

Repites.

—¿Quieres un poco de agua?

—Por favor —(Bebes)—. Mucho mejor.

Me miras, y en esa pausa evalúas si tu glotonería es aceptable.

Lo es.

El cerebro es caprichoso. La comida ya ha acabado. Son casi las 15:00 y el satélite, que ha girado como siempre, no sabe cómo, pero se ha prendado de su planeta comiendo tarta de manzana.

Libros que transforman

La buena literatura te cambia. Y no se vosotr@s, pero yo he comprobado que no es un tópico. La buena literatura te lleva a un sitio distinto del tuyo, te enseña que otros mundos son posibles y no siempre para bien.

Es una revelación entonces comprender lo azaroso de nuestra propia existencia (o lo entretejido entre causas y efectos). ¿Por qué en este país?, ¿por qué con este sexo? ¿Por qué en esta década, en este siglo? Y eso (un poco de eso) te ayuda a entenderlo la buena literatura. Porque a través de la existencia de otros, arrojas luz sobre la tuya. Porque los personajes bien construidos, las atmósferas vivas, las frases acertadas, pueden ser reveladoras.

Leyendo La vista desde Castle Rock, de Alice Munro me pongo en la piel de unos colonos escoceses que, a principios del XIX, se embarcan a la aventura del nuevo mundo en una travesía de seis semanas. Pero no sólo eso. Lo más importante es que me hago preguntas. ¿Cómo sería si me hubiera criado en Canadá, rodeada de nieve, en una granja, con los recursos básicos, y con el sentido del trabajo duro grabado en la mente y el corazón? Si mis padres hubieran criado zorros plateados para vender sus pieles, sería posible tal como soy yo, con mi amor por los animales, con mi sensibilidad cuando siento el dolor ajeno? ¿Hubiera podido ver y sentir aquello como un hecho natural, incuestionable, tan solo como la manera de ganar el sustento de mi padre? ¿Habría sido yo capaz de construirme mi casa desde los cimientos, solo con mis manos? ¿Hubiera podido contemplar un bosque nuevo y virgen y ver allí mi futura tierra de labranza? ¿Tendría valor para empezar una nueva vida, dejando atrás mi casa?

Eso es creo lo que dicen los expertos cuando hablan de la empatía. Los libros nos llevan al terreno del otro y nos invitan a quedarnos allí mientras dura la lectura. Pero con los buenos, además, la sensación es tan vívida que el efecto perdura.

Y todo eso te hace valorar tu existencia desde otro punto de vista. Entonces pasas a preguntarte también, ¿cuál es mi relación con el entorno en el qué he nacido?, ¿qué me define a mí?, ¿qué personas, qué hábitos, qué tradiciones han dado forma a mi carácter? Lo mágico es que con estas lecturas, que no hablan de mí, pero que me alcanzan, yo comienzo a valorar mi propio paisaje como único.

No pretendo ir de profunda, pero, por otro lado y vista la amplitud de las vivencias que se presentan a  nuestros ojos, ¿qué importancia real tiene la nuestra propia? No exageremos con nuestros problemas. No nos sintamos el ombligo del mundo. En lugar de eso, salgamos a conocer otras realidades. Otras personas. Otros libros. Transformémonos.

Hombre lobo

Ana dice que su marido es un hombre lobo. Y lo dice así, con toda la cara. No se corta un pelo. Ana siempre ha sido una fantástica. Desde que éramos pequeñas. Ella tenía poderes; veía fantasmas en la casa; hablaba con su abuela muerta por teléfono y por las noches, cuando todos dormían, volaba. Todo mentira, claro. Fantasías de niña. Pero es que ahora ya tiene 35 la tía y sigue en las nubes. Y yo le digo que no puede ir diciendo esas cosas por ahí, que qué va a pensar la gente. Y me dice que le da igual, que es la pura verdad.

A mí me lo dijo en casa de Esther. Estábamos de torrá, celebrando que Esther se ha sacado por fin el carnet de coche (la de miles de euros que se habrá dejado en la autoescuela). Ella había venido con Alfredo desde su casa, que está muy apartada. El caso es que estábamos todos allí. Las de la panda, las otras amigas y el perrito de Esther, Charlie, que estaba más pesado que de costumbre, que ya es decir. Ana estaba muy rara y no paraba de mirar el reloj. Estábamos fregando los platos para el postre (que Esther los tenía llenos de polvo, que dice que ella no toma postre nunca). Íbamos a sacar el helado. Tres sabores. Riquísimo. Y va y le digo “pero déjate el reloj, chica, ¿qué tienes prisa?” Y va y me lo suelta. Que se tienen que ir, que hay luna llena y Alfredo es un hombre lobo. Así, de golpe. Y al principio, claro, yo me parto de risa, que qué cosas tienes, Ana. Pero ella me dice toda seria que no es broma y que Alfredo se pone muy bruto cuando se transforma y no quiere que la monte. Y menos mal que la convenzo de que no le diga eso a Esther, que seguro que no le gusta un pelo. Que la conocemos y se enfada mucho cuando alguien se da importancia a su costa y más en su casa. Así que Ana, que sigue con la perra de irse, le cuenta a Esther que le está matando la cabeza y que se van los dos a casa por eso. Y yo me quedo en la torrá pensando en todo lo que me ha dicho Ana y en que me parece una excusa muy mala y Esther, que nunca intuye nada, se pasa toda la noche contándonos los sitios a los que va a ir en coche, cuando se lo compre, claro. Y es verdad que hay luna llena y se ve muy bien desde el jardín, redonda como un queso. La fiesta sigue. Una amiga de Esther dice que está estudiando para azafata de avión y yo pienso, “pero, ¡si mides un metro cincuenta!”. Pero ella es así de estupenda. Otro trabajo no quiere, ni soñarlo. Yo me retiro pronto porque ya no me gusta acostarme tarde y para qué perder sueño.

Al día siguiente me llama Ana. Me dice que si podemos quedar a tomar café cuando ella salga de aquagym. Yo le hago una coña y le pregunto que si Alfredo tira mucho pelo y ella me dice que va por épocas, que en verano más. ¿Que va por épocas? Es que Ana se pasa de cachonda. Le digo que ya vale con la bromita, que a mí tampoco me caen bien las amigas de Esther y no por eso pego la espantá y me dice que no es broma. Y quedamos en vernos. Al rato me llama Esther llorando. Cuando por fin entiendo qué dice, me cuenta que un perrazo bestia se ha cargado a Charlie, su mil leches. “¿Y cómo ha sido?”, le pregunto y me dice que no sabe, que se lo ha encontrado lleno de sangre, hecho trizas y que va a denunciar al vecino por dejar al perro suelto. Es un pastor alemán y de los chungos. Asesino. Me despido de Esther y quedo con Ana en el bar del polideportivo y, aunque parezca mentira, sigue con la milonga del lobo. Le digo que no estoy para rollos, le cuento lo de Esther y me dice sin pestañear que ha sido Alfredo. Ahí ya me enfado de verdad. Pido la cuenta. O para de decir cosas raras o voy a pensar que está loca. Y me dice que Alfredo había fichado a Charlie en la fiesta, que si no me fijé en que no le quitaba ojo. Y yo, pues no. Y añade que también se la tiene jurada al perro del vecino, Rex, el pastor alemán, el asesino. Yo le digo que qué quiere decir Ana  exactamente con hombre lobo. Si es que Alfredo es bruto, ya lo sabíamos. Que es peludo, también (a mí siempre me ha dado un poquito de cosa cuando en verano lleva manga corta). Y Ana dice que qué va a querer decir. Pues eso, que cuando hay luna llena, Alfredo empieza a cambiar. Cuando pido más detalles, me dice que le sale pelo en la cara y los ojos se le vuelven rojos. Los colmillos le crecen. Estalla las camisas. Y al final es como un lobo en grande. Sólo que anda a dos patas. Y lo malo es que siempre se escapa y luego vuelve con el morro lleno de sangre y sin recordar nada. Por eso se fueron a  vivir a la zona nueva y no porque a ella le gustara más (cosa que yo, en el fondo, nunca creí). Después, con las horas, se le pasa y tan tranquilo. Recoge todo lo que ha roto en casa y se toma un alkasetzer, que le va muy bien. Se va al trabajo normalmente. Algún día se ha tenido que quedar, pero poca cosa. Y yo le digo si esto no será que ha pillado algo raro. Ana dice que no, que es así de siempre. Que a ella se lo dijo cuando eran novios, que se iban a vivir juntos. Él tenía miedo de que ella lo rechazara por tío raro, pero qué va, ella encantada, como si le dice que es piloto. Y le pregunto que por qué me lo cuenta a mí. Y me dice que soy su mejor amiga. Y por qué no me lo contó antes, que es lo que me molesta de verdad. Y me dice que no sabía cómo, que lo entienda. Que aunque ella lo vea muy natural, hay gente que seguro que lo critica. Yo no lo voy a criticar, le digo. Pero piensas que es raro. Mujer, pues sí un poco. ¿Lo ves? Y me dice Ana que ahora, como hay tanta película por ahí, Crepúsculos y cosas de esas, que los lobos son tan guapos y estupendos, pues ahora cree que ya puede contármelo, que está mejor visto. Y a mí me parece muy fuerte que mi amiga me cuente que su marido es un hombre lobo y que se decida a sincerarse porque ha visto una película de niñatos. Pero no me gusta estar enfadada. Ana es mi amiga. Le digo que lo dejemos estar; que yo voy a estar tan igual con Alfredo, que todo el mundo tiene sus días raros. Y ella se pone súper contenta y me invita a cenar, los tres juntos, el viernes por la noche, así Alfredo me cuenta más. Ya enseguida me doy cuenta de que, de momento, no se lo tengo que contar a nadie, que la gente es muy bocas. Ni a Esther. Así que le digo que vale. Ana se va y yo me quedo pensando que me ha tomado el pelo. Pero es que lo cuenta tan pancha que vete tú y discútele. Y luego seguro que voy a la cena con Alfredo y se parten de mí, que siempre he sido una inocente, porque tengo fe en el mundo.
Al ir hacia casa me encuentro con Esther, que, claro, sigue de bajón por lo de Charlie. Y me dice que iba a denunciar al del pastor alemán por dejarlo suelto, pero que va y el tío le ha contado que a su perro se lo han cargado también. Y que a saber qué perro bestia hay suelto por ahí, porque ha sido una carnicería y Rex tenía muy mala baba, sí, pero era un perro muy fuerte.

El test de Proust

Recuerdo que, hace años, cuando me compré el primer volumen de En busca del Tiempo Perdido me encantó la información adicional previa al libro. Contenía ésta un repaso biográfico con fotos y la vida y milagros de Proust, lo que, por otro lado, es bastante paradójico, ya que Marcel Proust creía que las biografías no explicaban a los autores ni a su obra…

En fin, lo que más me fascinó de todo este material fue un test. Sí, un cuestionario que Proust adolescente había rellenado y que se intercambiaba con sus amistades. Aquello revelaba tal finura de alma, por así decirlo, tal delicadeza que se me quedó grabado. En una era previa a nuestro bombardeo informativo, a nuestra estimulación multisensorial, aquí vislumbraba yo el sencillo ideario de un chaval del siglo XIX fuera de lo común (y futuro genio).

Al parecer, Proust llegó a este test a través de un álbum de confesiones de su amiga, Antoinette, hija de Félix Fauré, Presidente de la República. En este tipo de álbumes, popularizados en el siglo XIX, se presentaban una serie de preguntas para conocer los gustos y carácter del que respondía. Marcel Proust lo contestó a los 14 y a los 20.

Me ha parecido bonito recuperar el test (lo que no es nada original por mi parte, ya que hasta la revista Vanity Fair lo ha utilizado con frecuencia para entrevistar a sus famosos).   Como decía, me he animado a contestarlo yo también. En negro pongo las respuestas de Proust y en verde las mías. Os animo a intentarlo. No son tan fáciles cómo parecen.

Test de Marcel Proust.

1. ¿Principal rasgo de su carácter?

La necesidad de ser amado ; más precisamente, la necesidad de ser acariciado y mimado mucho más que la necesidad de ser admirado.

La empatía, la sensibilidad y un fino sentido del humor…

 2. ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?

Los encantos femeninos.

la honestidad.

 3. ¿Y en una mujer?

Las virtudes masculinas y franqueza en la amistad

el coraje y la inteligencia

4. ¿Qué espera de sus amigos?

Ternura, suponiendo que poseen el encanto físico que hace que su ternura valga la pena.

Solo amor constante a través de los tiempos.

 5. ¿Su principal defecto?

No saber; tener debilidad de voluntad

No me gusto cuando me descubro susceptible, impaciente e individualista.

 6. ¿Su ocupación favorita?

Amar.

Posiblemente leer o estar tumbada mirando al horizonte.

 7. ¿Su ideal de felicidad?

Vivir cerca de todos aquellos que amo, con los encantos de la naturaleza, una cantidad de libros y partituras y, no lejos, un teatro francés.

Tener a mis seres queridos felices, encontrar sentido a mi día a día.

 8. ¿Cuál sería su mayor desgracia?

No haber conocido a mi madre o mi abuela.

Perder la esperanza en mí o en los demás.

 9. ¿Qué le gustaría ser?

Yo mismo- tal y como a la gente a la que admiro le gustaría que fuera.
De profesión? Escritora, entrenadora personal,de actitud, bon vivante convencida.

10. ¿En qué país desearía vivir?

Un pais donde ciertas cosas que me gustarían se hicieran realidad como por magia y donde la ternura fuera siempre recíproca.

No me importaría vivir una temporada en algún pueblecito lluvioso y tranquilo, tal vez irlandés y mítico, como el Innisfree de El hombre tranquilo…

11. ¿Su color favorito?

La belleza no esta en el color sino en la armonía

El azul y el rojo, según.

12. ¿La flor que más le gusta?

La de ella y aparte de eso, todas

El jazmín, la flor de azahar.

13. ¿El pájaro que prefiere.
La golondrina.

El jilguero.

14. ¿Sus autores favoritos en prosa?

Actualmente, Anatole France y Pierre Loti.

Tal vez Julian Barnes, Jeanette Winterson.

15. ¿Sus poetas?

Baudelaire y Alfred de Vigny.

Emily Dickinson, Vicente Aleixandre…

16. ¿Un héroe de ficción?

Hamlet.
Colmillo Blanco.

17. ¿Una heroína?

Berenice.
Escarlata O’Hara.

18. ¿Su compositor favorito?

Beethoven, Wagner, Schumann.

Digamos que no tengo una elevada cultura musical. Esta semana me quedo con la música de Eros Ramazzotti 😉

19. ¿Su pintor preferido?

Leonardo, Rembrandt.

Siempre me ha gustado mucho Jacques Louis David o el Greco, que me hipnotiza bastante.

20. ¿Su héroe de la vida real?

Mr. Darlu, Mr. Boutroux.
Más que héroe, alguien a quien admiro, El Dalai Lama

21. ¿Su nombre favorito?

Solo tengo uno cada vez.

No tengo predilección. Tal vez alguno de mi tierra.

22. ¿Qué hábito ajeno no soporta?

Lo malo de mí.

Jactarse de la ignorancia propia

23. ¿Qué es lo que más detesta?
Mis peores cualidades.

La crueldad con los desprotegidos.

24. ¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo?

No tengo suficiente educación.

Reynard Heydrich.

25. ¿Un hecho de armas que admire?

Mi servicio militar!

No se me ocurre manera en la que esos dos conceptos casen.

26. ¿Qué don de la naturaleza desearía poseer.

Fuerza de voluntad y seducción.

Inquebrantable fe en mí  misma.

27. ¿Cómo le gustaría morir?

Mejorado y amado.

De viejecita, apaciblemente y querida.

28. ¿Cuál es el estado más típico de su ánimo?

Ahora aburrimiento por haber pensado sobre mí para contestar.

El optimismo moderado.

29. ¿Qué defectos le inspiran más indulgencia?

Los que puedo entender.

Los que se derivan de la falta de oportunidades.

30. ¿Tiene un lema?

Prefiero no decirlo para que no me traiga mala suerte.

Pues ahora mismo me apunto al lema de Don Lockwood en Singing in the Rain… «Dignity, always dignity» 😀