Llamada de emergencia

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—Oiga, ¿es usted quien ha dado el aviso de estar atrapada en una cabina de teléfonos? —preguntó una voz al otro lado del hilo.

—¿Cómo dice? —Pestañeó dos veces y observó su salón de treinta metros cuadrados y reformado—. Se ha equivocado.

—¿Esta segura? Hemos recibido una llamada de emergencia. Podemos enviar a alguien ahora mismo.

—¡Claro que estoy segura!, ¿cómo no iba a estarlo? Yo no he llamado a nadie, ni estoy en ninguna cabina. Estoy en mi casa, tan tranquila.

Lo absurdo de la situación no merecía ni refutación. ¿Acaso se trataba de una broma?

—Bien, entonces, si no se encuentra usted atrapada, ni encerrada…

—¿Cómo quiere que se lo repita? No estoy atrapada en ningún sitio.

Como para confirmarlo con acciones, avanzó hacia la puerta de entrada, abrió y volvió a cerrar.

—De acuerdo —dijo la voz—, pero, si vuelve a tener problemas, llame de nuevo a emergencias. Le ayudaremos.

—¡¡Pero que yo no tengo ningún problema!!

Iba a decir un par de cosas más, pero, quienquiera que fuera, había colgado y la voz se extinguió.

Qué ridículo, qué rabia. Dejó el móvil en la mesa y dio unos pasos por el salón. Ella, atrapada. Sentía indignación ante las personas que se equivocaban de número y pretendían perturbar la paz ajena. ¡Qué disparate! Hacía años que no veía una cabina telefónica. ¿Existían aún?

Tuvo un recuerdo de estar metida en una de ellas, sin apenas espacio para mover los brazos, buscando un número anotado en un papel arrugado, dos monedas de cinco duros sobre la repisa. Después, acabada la llamada, enfrentada a una puerta que se mostraba demasiado terca y había que empujar en el punto exacto para que se abriera, como una boca que amagaba con morderle si no era rápida. Recordó el calor y el posterior alivio por estar fuera.

Entonces, y por primera vez desde que sonó el teléfono, pensó en la persona que habría hecho la llamada de socorro, la que estaba atrapada de verdad, en alguna parte. Se imaginó la angustia, en un espacio recalentado, viendo a los demás pasar a través del cristal, sola, esperando la liberación.

Por suerte, ese no era su problema. Accionó el aire acondicionado y se asomó a la ventana.

El sol estaba en el punto más alto del firmamento, cayendo a plomo y ella se sentía a salvo en la frescura de su salón. Si abría las ventanas, entraría un viento denso de poniente, así que mejor no. Todo el mundo sabía que, en verano, la penumbra y las ventanas cerradas ayudaban a controlar la temperatura.

Su vecina pasaba en ese momento por la calle de enfrente con su bichón maltés. Hacía semanas que no hablaban. Por nada en particular, cada una tenía sus ocupaciones, lo normal…

Golpeó el cristal con los nudillos y la saludó con un gesto de la mano, pero la mujer tenía la vista fija en su precioso perrito blanco y continuó caminando sin reparar en ella.

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