Odio mi cuello

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Una tarde, merendando con mis queridas amigas y hablando sobre teatro… Pati me dijo que había leído unos relatos de Nora Ephron (la gran guionista de los ochenta, noventa) en los que hablaba de su odio a cosas (físicas y no físicas) y me propuso… ¿Podrías escribir para nosotras una escena así?

Of course, dears. ¿Qué odias tú?, le pregunté.

Yo, -dijo- pues igual que Nora Ephron, odio mi cuello (esa calurosa tarde llevaba un pañuelo que lo demostraba)… ¿Y tú, MJ…? (acababa de llegar toda agobiada y aún estaba sacando cosas que había comprado en la farmacia) yo… odio muchísimo mi bolso —resopló—. No lo soporto.

Ajam…

Y esa, ni más ni menos, es la génesis de la siguiente escena….


Mujer 1 elegante, en la madurez, está sentada en una parada de autobús. A pesar de ser verano va tapada, lleva un pañuelo al cuello, gafas de sol y guantes que le cubren hasta los brazos. Tiesa y rígida como un palo.

Llega Mujer 2, más joven, acarreando un  bolso grande y pesado.

MUJER 2: Perdone, ¿La parada del 17 es aquí?

MUJER 1: Sí, sí, estará al caer, siéntese.

MUJER 2: (suspira de cansancio) Gracias. Llevo todo el día dando vueltas, no puedo más. (Se sienta, al hacerlo le da sin querer a la Mujer 1 con el bolso.) Ay, perdone.

MUJER 1: (sin perder nunca su rigidez) No se preocupe.

MUJER 2: (Peleando con su bolso.) Qué bolso más fastidioso. Es tan pesado, pero no puedo prescindir de él. (lo mira con desesperación) ¡¡No sabe cuantísimo lo odio!!

MUJER 1: (Mirando el bolso.) Pues a mí me parece bonito. Es de su estilo.

MUJER 2: (Apartándolo.) Ah, no, no cometa ese error.

MUJER 1: ¿Cuál?

MUJER 2: El de caer seducida por él. A mí también me hacía suspirar. Recuerdo como si fuera ayer el primer día que lo vi, en una tienda del centro. Me quedé sin respiración. No podía apartar mi mirada de él. Parecía que el escaparate estuviera montado solo para que él brillara y me sedujera. ¿Me entiende?

MUJER 1: Sí, creo que sí.

MUJER 2: Así que, aunque no era para nada mi tipo, piqué el anzuelo. El peor error de mi vida. Al principio fue un idilio total. Yo era feliz. Él, tan grande y generoso… no sé… me daba espacio y tanta seguridad.

MUJER 1: Conozco esa sensación.

MUJER 2: Y por eso sabrá que es adictiva, nunca tienes bastante. Cualquier cosa que yo imaginara, cabía en él. No solo esas cositas que todo el mundo lleva: las llaves, el monedero, el móvil. No, no, él me ofrecía más posibilidades. (Confidencia.) Con él yo hacía cosas impensables.

MUJER 1: ¿Ah, sí?, ¿como por ejemplo…?

MUJER 2: Pues como llevar mi ropa interior en una bolsita, siempre a mano. ¿Imagina usted el sentimiento de intimidad que eso proporciona?

MUJER 1: Imagino, sí.

MUJER 2: Y eso es solo una muestra. Además de práctica y ordenada, gracias a él podía ser muchas más cosas. Podía ser…hipocondriaca… con todas mis pastillas encima. (Saca unas pastillas.) Mire: Valium, Paracetamol, tiritas y hasta crecepelo;

MUJER 1: ¡Crecepelo!

MUJER 2: ¿Nunca ha necesitado desesperadamente crecepelo? Pero es que también podía ser artista, (Saca un pincel.) mire, mire: acuarelas, pinceles, bolillos… Podía ser intelectual (Saca un libro y se lo ofrece.) tenga: “Las meditaciones de Marco Aurelio”. O gastrónoma, fíjese: Kambucha y un tupper con delicias de mango o , ¿qué me dice de esto? (saca unas cucharitas): cinco cucharitas medidoras para las recetas en inglés.

MUJER 1: Asombroso. ¿Y qué más?

MUJER 2: Podía ser detective: mire….(Saca unos prismáticos.) para espiar a mis vecinos.

MUJER 1: ¿Y qué más, qué más?

MUJER 2: Deportista (Saca una pelota pequeña. Se la pasa.) Esto va genial para prevenir la artrosis, pruebe, pruebe. (Saca un silbato. Sopla.) Podía ser reivindicativa. O soñadora (saca un antifaz y una almohadita) y dormir a pierna suelta en cualquier rincón.

MUJER 1: Qué maravilla. Normal que cayera rendida en sus brazos.

MUJER 2: Sí, pero…. antes de él yo era libre y ligera.

MUJER 1: Madurar es aceptar las cargas de la vida y la realidad de la decrepitud.

MUJER 2: ¿Usted cree? Lo peor es que me volví extremadamente dependiente. No podía salir sin él. Sentía, no solo que me completaba, sino que yo no era nadie sin estas cosas. Pero todo idilio tiene su fin y así un buen día…

MUJER 1: ¡No me lo diga, descubrió su fondo oscuro!

MUJER 2: (Rebuscando.) Y tan oscuro! Me pasaba horas buscando las llaves de casa. ¿Sabe lo frustrante que es que te oculten las cosas?

MUJER 1: Pierdes confianza y algo deja de encajar.

MUJER 2: Sí y lo que es peor: algo empieza a pesar demasiado. Cada día unos gramos más. Vamos, que ya no puedo con mi vida por el maldito bolso. No solo estoy estresada y confundida respecto a mi identidad, es que… ¿se ha fijado en mi espalda? ¡Tengo chepa!

MUJER 1: Ah, vaya, ahora que lo dice…

MUJER 2: Me siento atada, pesada, sofocada… Por cierto, qué calor hace (Saca un abanico.) Tenga.

MUJER 1: Gracias.

MUJER 2: Quiere una viserita?

MUJER 1:: No, gracias.

MUJER 2: ¿Protector solar?

MUJER 1: No, de verdad.

MUJER 2: (Estira la espalda.) Qué bien me ha sentado hablar con usted. Pero no quisiera que se llevara una mala impresión de mí. Como le he soltado así, a las bravas, que odio mi bolso…

MUJER 1: Qué va, al contrario. Le agradezco la sinceridad. Yo también sé lo que es odiar sin medida.

MUJER 2: ¿Ah, sí? 

MUJER 1: Por supuesto.

MUJER 2: ¿Y qué odia usted?

MUJER 1: Yo odio mi cuello.

MUJER 2: ¿Su cuello?

MUJER 1: Sí, mi cuello, y a diferencia de usted con el bolsazo, yo no puedo librarme de él.

MUJER 2: ¿Y por qué odia su cuello, si puede saberse?

MUJER 1: ¿Que por qué? Pues porque me delata, me traiciona y conspira contra mí. ¿No sabe usted que el cuello de una mujer nunca miente?

MUJER 2: ¿A qué se refiere? 

MUJER 1: ¡Qué inocencia! Eso es porque es usted más joven y no se preocupa todavía, pero… (le mira el cuello), ah, sí, creo que, por desgracia, pronto lo descubrirá. 

MUJER 2: (Se toca el cuello.) ¿Qué… descubriré?

MUJER 1: Pues que por mucho que trate de estar estupenda de cara a la galería y por mucho que se esfuerce en aparentar a base de inyecciones de ácido hialurónico que acepta bien la madurez, su cuello va a ir diciendo por ahí a los cuatro vientos cosas muy feas de usted.

MUJER 2: ¿¿Qué cosas??

MUJER 1: Lo peor que se puede decir: que es usted una mujer en decadencia física. 

MUJER 2: ¡Pero oiga!

MUJER 1: Una reliquia del pasado, una vieja gloria, una uva pasa.

MUJER 2: ¿Yo una pasa?

MUJER 1: No, me refiero a mí, yo soy la uva pasa.

MUJER 2: Y la reliquia.

MUJER 1: Y la vieja gloria, sí.

MUJER 2: Ah, bueno, no exagere. Yo la veo estupenda. Es lo primero que he pensado al sentarme aquí, “qué mujer más elegante”. 

MUJER 1: ¿De verdad? bueno eso es porque tengo a mi odioso cuello a raya.

MUJER 2: También he pensado, “pero qué tapada va con el calor que hace”.

MUJER 1: Y ahora ya sabe por qué.

MUJER 2: ¿Y los guantes…?

MUJER 1: Las manos también son muy chivatas. No le digo nada de los brazos…

MUJER 2: ¿Y las gafas de sol?

MUJER 1: Los ojos. Más de lo mismo. Claro que nada que ver con el odio inveterado que le tengo a mi cuello desde que cumplí 43 y empezó a decir cosillas. La gente me miraba… y al final era como… ¡como si yo fuera un árbol y me estuvieran contando los anillos! Horrible.

MUJER 2: Entiendo. Mire, hablando de troncos, lo que sí he notado, y espero que no se moleste si soy sincera, es cierta rigidez en usted, como si … como si…

MUJER 1: ¿Como si llevara unas pinzas que sujetan mi cuello y no me dejaran moverme?

MUJER 2: Algo así, sí.

MUJER 1: Es que las llevo.

MUJER 2: ¿De verdad? ¿Y no le molesta?

MUJER 1: Mucho, muchísimo, me atormenta. 

MUJER 2: ¿Y no le gustaría ser libre?

MUJER 1: Más que nada en el mundo, ¿pero qué sugiere?

MUJER 2: (Buscando en el bolso. Saca unas tijeras de podar.) No soy quien, pero creo que podría beneficiarse de esto.

MUJER 1: ¿De verdad cree que…?

MUJER 2: Pero primero tendría que darme el pañuelo.

MUJER 1: No sé, llevo años aferrada a él…

MUJER 2: Venga, lo está deseando, como yo darle una patada a este detestable bolso.

MUJER 1: (Se quita el pañuelo con dudas.) La verdad es que sí. Pero no grite si le espanta la visión, ¿eh?

MUJER 2: Tranquila. (Mujer 2, coge el pañuelo.) Hale, muy bien, eso, deme. (Lo mete en el bolso.) Esto aquí dentro.

(Mujer 2 se levanta y se sitúa detrás de Mujer 1 con las tijeras de podar.)

MUJER 2: Y ahora… voy a cortar estas pinzas y la voy a liberar. ¿Preparada?

MUJER 1: (Cierra los ojos, aterrada.) Ay, Dios mío.

(Mujer 2 corta, se oye “Clac”, “clac”. La mujer 2 se acerca de nuevo a la mujer 1.)

MUJER 2: ¿Qué, qué tal?

MUJER 1: Pues, pues, (Mueve el cuello.) ¿De verdad no le horrorizo?

MUJER 2: Para nada. De hecho, me parece que su cuello le queda muy bien. Le aporta una serena dignidad.

MUJER 1: El caso es que me siento algo mejor. Qué raro, ¿no? Es como haberse quitado…

MUJER 2: Un peso de encima.

MUJER 1: Sí, un peso y un maldito corsé.

MUJER 2: Es como ser solamente una misma.

MUJER 1: Y qué bien sienta. Hacía años que no podía hacer esto (Gira la cabeza a un lado y otro.)… Qué maravilla. Uh, mire, por ahí veo al 17 llegando.

MUJER 2: Oiga, ¿la esperan en casa para comer?

MUJER 1: No, ¿se le ocurre algo?

MUJER 2: ¿Por qué no vamos a tomar algo juntas?, conozco un sitio al que siempre he querido ir y nunca he podido.

MUJER 1: ¿Y eso?, ¿es muy caro?

MUJER 2: No, muy estrecho. Se come en la barra y no me cabe el bolso

MUJER 1: (Quitándose las gafas y los guantes).… No se hable más. Deje ese mamotreto ahí y vayamos.

MUJER 2: Ay, sí…. (Duda.) espere, ¿puedo coger la cartera? Le aviso de que también es grandecita y bastante odiosa.

MUJER 1: (Saca una tarjeta de crédito del bolsillo.) Yo invito. Y si quiere, después podemos ir a ver un partido de tenis. (Moviendo el cuello a ambos lados.) Me encantaría ejercitarme.

(Salen las dos, dejando el bolso, y las demás cosas.

MUJER 2: Adoro el tenis. ¿Sabe que llevo una raqueta en el bolso?

MUJER 1: Increíble.

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