Ayer despedimos el curso de los talleres de escritura creativa del Ayuntamiento de Xàbia con un recital en la Casa de la Cultura.
Lo que empezó siendo una actividad de fin de curso, nos está dando mucha satisfacción y he de decir que la preparamos con mucha ilusión, anticipando la emoción de compartir y esforzándonos por leer bien en público, con la pausa, la claridad y el tono que mejor acompañan a cada texto.
Nuestra actividad, el taller de escritura, tiene un objetivo muy práctico: escribir historias y compartirlas en el grupo (para dar y recibir una crítica constructiva y útil). Cada semana ese es nuestro afán: escribir y compartir. Y en el proceso, aprendemos, crecemos y mejoramos.
Aunque también propongo ejercicios de escritura espontánea para hacer en clase (temidos pero siempre divertidos), cada tallerista escribe su texto de la semana en casa, de manera individual y la progresión de cada persona es única.
Pero el taller también es grupal y social: se comparte mucho cada sesión, para empezar los relatos escritos, también lecturas, preocupaciones y… caramelos de menta y chocolates. Esa acción de compartir, como decía, se produce entre el grupo de participantes: se crea la intimidad de esa sala que escucha las historias de cada uno. En ese sentido es una cosa muy estimulante tener la opción, una vez al año, de trascender ese espacio y de compartir con una audiencia más amplia en la lectura de fin de curso. Como ayer.
Siempre he dicho que escribir es una actividad solitaria y personal, que cada uno ha de hacer solo, pero también es social -incluso si no perteneces a un grupo- porque la escritura se fundamenta en el deseo de comunicar; de llegar al otro. La escritura de ficción especialmente busca su lector ideal, esa persona que no existe pero tenemos en mente, alguien al que le brillarán los ojillos con cada historia.
Escribimos para entendernos, para expresarnos, pero también para el disfrute de los demás, o para provocar miedo y exorcizar temores, para sacudir la conciencia de los demás, o para dejar pensando a los demás. Entonces nos damos cuenta de lo poderosa que es la escritura porque crea esas escenas particulares, que —cuando son buenas— tienen un alcance universal. Así, nos reconocemos en esos trances que pasan los personajes; en la alegría, el dolor, la vergüenza, la intrepidez… porque de algún modo cuentan una potencialidad humana, para bien o para mal.
Esto es lo que ofrecimos ayer: una selección de 23 relatos que nos llevaron a atravesar diferentes emociones, y que estimularon a los presentes con variadas propuestas y creativos enfoques, hermosamente expresados por estos estupendos escritores.
Estoy orgullosa del trabajo que han hecho todos y todas ellas este curso, siguiendo las premisas que cada semana les he propuesto para encender la primera chispa. La premisa (o instrucciones para escribir el relato) es una manera de encauzar la creatividad, sugiriendo un camino, pero dando libertad. Crear una historia circular; incluir un triángulo amoroso que causa tensión en una pareja; escribir sobre una mujer que se vuelve invisible por un rato; crear un relato a partir de un recuerdo infantil… premisas como esas y muchas más nos han guiado este curso.
Creo que un triunfo del taller es que estas historias de verdad sean interesantes, nos enganchen. Eso significa que ellos, como escritores están empezando a despegar y a crear para sus lectores (y ayer, para su público) mundos en 275 palabras que despegan de la página se proyectan en la mente y tocan el corazón.
¡Enhorabuena a los escritores y gracias a todos los que vinisteis!

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