Las presentaciones de libros en las que participo me brindan la ocasión de disfrutar de charlas interesantísimas con los autores y autoras. Así sucedió con Salvador (Pachi) Aldeguer. Los presentes en Tal cual el pasado 29 de junio, disfrutamos de sus respuestas profundas, de su humor y de su talento para ofrecer un buen show. Nadie como él para preparar un evento. Si alguien piensa que las presentaciones son aburridas, no ha estado en una de Pachi. Pero, finalizada la presentación de El club de patchwork de Madeline O’Sullivan, me quedé pensando en que es una lástima que más personas no puedan disfrutar de conversaciones como esta, así que me propuse revisar mis preguntas, reelaborar algunas y mandárselas a Pachi para que me respondiera tranquilamente por escrito. Y eso es lo que vas a leer en este artículo.
Habla Pachi en sus respuestas de la importancia de tener tiempo para entregarse a un proyecto de escritura y en este caso -aunque mi proyecto es tan humilde como escribir un post- ha sido un factor fundamental. El verano y su tempo más lento me ha permitido preparar esta entrevista con el mimo necesario. Espero que la disfrutéis.
P: Hablamos de tu trayectoria. Empezaste como cómico y humorista. Has desarrollado gran parte de tu carrera como actor de doblaje. Has sido profesor de doblaje, guionista y también has liderado proyectos de ficción sonora. Ahora exploramos tu faceta de escritor de ficción. ¿Cuándo se despertó en ti el gusanillo de escribir?
R: El gusanillo hizo su aparición en mi infancia; en silencio y alimentándose con hojas de curiosidad; un periódico en el colegio, obras de fin de curso en las que incorporaba a escenas del far west imitaciones de profesores, curas del colegio y personajes famosos de la televisión de la época como Rodríguez de la Fuente o el crítico de cine Alfonso Sánchez; y una adaptación de Horizontes Perdidos, la versión musical de 1973, que pusimos en escena un verano en un lavadero de coches de una pineda en la que conseguíamos los paisajes nevados cubriéndola con sábanas y copos de cajas de porexpán del Caprabo previamente troceadas.
Al principio siempre necesitaba el referente de la adaptación para dar rienda suelta a la imaginación. Cuando a los 13 años escuché a una vecina amiga de mi madre, una lectora empedernida, hablar sobre una novela de William Peter Blatty que no era apta para que un niño la leyese, me las apañé para hacerme con un ejemplar y experimenté por primera vez la sensación de devorar un libro. La novela era El Exorcista. Sentí la necesidad de armarme con un bolígrafo y una libreta grande y empecé a dedicar las horas a jugar al adicto juego de transitar por la realidad y la ficción. Un proceso lento con muchas fases de reescritura y reformulación de tramas que se vio afectado por el estreno de Star Wars. Caí en la trampa y cruzado el ecuador de la novela integré entre demonios y curas una trama galáctica con un ejercito de ángeles provistos de cruces que disparaban mortíferos rayos láser. Lo que en su momento me pareció que era una ida de olla que se me había ido de las manos, años más tarde, a juzgar por varias producciones cinematográficas y televisivas, llegué a la conclusión de que no iba tan desencaminado.
Y ahí el gusanillo empezó a convertirse en crisálida. Fascinado por la serie de televisión Hombre Rico, Hombre Pobre, esta vez, me lancé a crear mi propia saga familiar, escribiéndola a mano durante el día, y pasándola a limpio por la noche con una maquina de escribir Olivetti, una cafetera y un paquete de Camel sin filtro. La ciudad dormía y yo escribía viajando sin límites con mi imaginación. Ese manuscrito permanece conmigo desde hace algo mas de 50 años y todavía no me he animado a volver a leerlo. Pero, como a todo, le llegará su hora y no creo que falte mucho.
Aunque, curiosamente, fue un hecho en 1974 y más tarde en 1977, el que provocó que la mariposa saliese de la crisálida y echase a volar. Sin todavía rumbo definido, pero batiendo las alas para impulsarme en el aire de la ficción. En esas dos ocasiones fui al teatro Talía a ver a Paco Martinez Soria. Observaba fascinado las reacciones del público, las risas, el ritmo, los silencios… el juego de propuestas escénicas saciando las necesidades de entretenimiento de los espectadores. En aquella época vendían en la recepción del teatro discos de vinilo con la grabación de las obras representadas. En las dos ocasiones yo compré uno y aprovechaba el momento del intermedio, un cuarto de hora más o menos, para pedirle a uno de los acomodadores que me acompañase a los camerinos para ver si Don Paco me lo firmaba. Supongo que como yo era el único que compraba el disco y le hacia esa petición, el acomodador accedía a indicarme las escaleras de bajada a los camerinos. Unas escaleras oscuras, solo iluminadas por alguna que otra luz roja de emergencia. El acomodador llamaba a la puerta del camerino, le pedía permiso al cómico y este, amablemente, accedió en ambas ocasiones.
Ahí tuve la revelación. El personaje que yo había visto en el escenario durante los dos primeros actos, con su intensidad, su gracia, sus risas, sus aspavientos y sus complicidades, aparecía como un abuelo bonachón, vestido con batín y cenando en la mesa de su camerino mientras veía en una pequeña pantalla de televisión un telediario en blanco y negro. Arriba estaba la ficción; abajo se aposentaba la realidad. Don Paco Martinez Soria me dedicó los discos y tuvo en las dos ocasiones la amabilidad de interesarse por ese mocoso que le decía que quería dedicarse «a eso» (todavía no sabía ponerle un nombre). Y estrechándome la mano mientras me ofrecía una bondadosa sonrisa, me dio un sabio y sincero consejo: «Si tanto te gusta, hazlo».
Y eso hice. Sabía que arriba discurría la ficción y abajo la realidad volvía a hacerse dueña de la situación; pero entre arriba y abajo, entre la ficción y la realidad, existía un puente que las comunicaba, un puente construido con ideas y palabras. Y así fue cómo esa transición entre el suelo y la imaginación, se convirtió para siempre en la mayor de mis adicciones.

P: Este no es tu primer libro. Anteriormente has publicado: Anécdotakes, Takemate, Objetos perdidos (con los artículos de tu columna en La voz del tajo), Salida de incendios (la más personal). Son libros en los que hablas de tu profesión y también en los que describes tus observaciones. En Objetos perdidos, hay dos relatos alocados… y ahí empieza a emerger tu faceta de escritor de ficción. Dar el salto a la novela supone un paso importante.
¿Qué te ha impulsado a lanzarte a la ficción en este momento? ¿Te ha resultado complicado embarcarte en una novela?
R: La clave para lanzarme a la ficción ha sido disponer de tiempo. La experiencia me decía que esta aventura precisaba de contar con el tiempo a mi favor, sin límites ni presiones. No quería embarcarme con la sensación de tener que rascar tiempo en los ratos perdidos, no, esta vez me propuse ser dueño de mi tiempo y dejar que la historia fuese fluyendo a su ritmo, dejándole espacio a los personajes para que se desarrollasen a su aire, sin imposiciones de ningún tipo. Eso es algo que percibí el primer día que soñé con ellos, con los personajes y los lugares. Cuando eso ocurre, tienes la sensación de ser un notario que da fe de lo que está ocurriendo en tu imaginación. Y la complejidad de embarcarme en una novela fue suavizándose a medida que eres consciente del compromiso adquirido. No es un viaje programado y como tal tienes que disfrutarlo asumiendo el factor de improvisación que eso conlleva. Cuando escribir es un acto voluntario que te produce placer, te sientas frente al teclado dispuesto a asumir cualquier tormenta que se desate en el momento mas inesperado.

P: Se ha hablado mucho de escritores brújula y escritores mapa, una metáfora para distinguir entre quienes se lanzan a escribir una novela sin conocer todos sus detalles (solo saben hacia dónde quieren ir) y quienes la planifican con detalle antes de empezar. De manera similar, George R. R. Martin habla de arquitectos y jardineros: los arquitectos diseñan el edificio antes de construirlo; los jardineros plantan una semilla y dejan que la historia crezca. A mí me da que, con El club de patchwork, has sido más jardinero que arquitecto. ¿Es así? ¿Y cuál fue la semilla de la novela?
R: Definitivamente, me inclino por la opción de escritor jardinero. Pero eso no quiere decir que el jardín no precise de un mínimo de planificación. Cada maceta, cada personaje necesita encontrar su rincón adecuado para desarrollarse en condiciones óptimas. Si bien es cierto que dejo que la historia crezca, también he necesitado crear unas tablas excel con personajes, lugares, objetos y músicas para controlar el riego de acontecimientos. Respecto a la semilla de la historia todo empezó con Danie Huygens, una amiga belga pintora, que hace unos años nos hizo a mi mujer y a mí una curiosa petición: un trozo de tela que destilara buenas vibraciones. Juntando varios confeccionó una colcha de patchwork para su nieto recién nacido. Una colcha de buenas vibraciones. A partir de esa anécdota germinó El Club de Patchwork de Madeline O’Sullivan.
P: La gran metáfora de la novela (y creo que de la trilogía) es el patchwork como mosaico de historias. Cada pieza es importante y todas tienen su papel para formar la colcha. Además tú lo vinculas también con la memoria porque cada pedazo es una vivencia significativa… Como autor, ¿cómo consigues que todo encaje, que cada historia encuentre su lugar y, al mismo tiempo, que el conjunto resulte coherente? ¿Pensabas mucho en la colcha final o te has dejado llevar pieza a pieza?
R: No necesitas tener todos los retales desde un inicio para confeccionar/escribir la colcha. Sí es necesario contar con unos cuantos trozos de tela que van a definir los colores y el diseño, pero a medida que vas hilvanando un capítulo con otro cada uno va encontrando su lugar de manera natural.
P: El club de patchwork se asemeja en su construcción a una serie de televisión: tramas diferentes y muchos personajes. De hecho, tu idea es escribir una trilogía. Tu escritura además es muy visual. ¿En qué medida te ha influido esa cultura de la serie y tu experiencia profesional en el audiovisual? ¿Qué herramientas narrativas del audiovisual has descubierto que también funcionan especialmente bien en una novela?
R: Si bien en ningún momento he escrito pensando en que podría llevarse a la pantalla, sí he intentado imprimir un ritmo de lectura similar al de series de televisión que me han gustado. De hecho podría decirse que las tres entregas de la trilogía podrían ser consideradas como tres temporadas de televisión. Pero, insisto, solo a nivel de ritmo de lectura, no con vistas a convertirse en un producto audiovisual. En ese aspecto me gusta dejarle libertad y espacio a los lectores para que cada uno le ponga cara, cuerpo y voz a los personajes. Es una labor del subconsciente creativo de cada uno que me llama mucho la atención. La capacidad del lector como creador de imágenes activando su imaginación. Intento combinar la sorpresa y también fomentar la complicidad para que el lector pueda jugar a anticiparse a ciertos acontecimientos. Aunque, por supuesto, lo obvio no siempre se impone a lo imprevisible.
P: Una de las dificultades de este libro es que cuenta historias que suceden en tiempos y escenarios distintos. Está el momento presente de la novela, en los años 2000; está la fundación de Halanhal, siglo XVI ; la travesía del Northumbria, 1940. ¿Cómo gestionaste todo eso para no perder el hilo, valga la metáfora costurera?
R: Al igual que Hansel y Gretel en el clásico cuento de los Hermanos Grimm, voy dejando migas de pan en los capítulos para no perderme. Pequeños detalles, palabras, objetos o lugares que trascienden al tiempo. No siempre son evidentes, pero cuando el lector los localiza le produce un efecto flashback que interconecta los distintos tiempos y escenarios. Los saltos cronológicos no implican una alteración de la trama.
P: El prólogo no lo firma una persona real, sino Katjuk Petuwak, uno de los personajes de la novela. ¿Por qué decidiste cederle esa misión a un personaje y por qué a él?
R: Me pareció interesante arrancar estableciendo una conexión entre el lector y alguien que cuenta algo desde dentro de las páginas. Era una manera de iniciar mi debut en la ficción precisamente desde la propia ficción colándose en un lugar supuestamente reservado para la realidad. Un avance de ese juego del gato y el ratón entre lo que es real y no lo es. No descarto que las dos próximas entregas arranquen de manera similar.
P: La novela desborda de imaginación y tiene momentos de humor desternillante (creo que en tu humor funciona muy bien la ironía, la exageración y algunas situaciones totalmente surrealistas y alocadas -que ya veíamos en esos dos relatos alocados publicados anteriormente) pero también hay momentos trágicos, épicos, de tensión y de ternura y amor. ¿Qué te atrae de esa mezcla de registros? ¿Crees que refleja mejor la complejidad de la vida que mantenerse siempre en un mismo tono?
R: Intento ser fiel a mi estilo y eso implica no mantener un mismo tono. Cruzar algunos umbrales emocionales y en otro momento llevar una situación humorística hasta más allá de un extremo le confiere a la ficción ciertos puntos en común con la vida real. En definitiva, la ficción surge de la vida, y la vida se nutre de la ficción.
P: En El club de patchwork hay muchos personajes femeninos de carácter. A mí personalmente me gustan mucho Morrison Twistedhorn, Lady Araminta Finch. Me encantan su sabiduría, su ingenio y su bondad. Son protectoras, firmes, agudas… y pertenecen a siglos distintos. ¿Qué te interesaba de ellas?
R: Reivindicar la figura de la mujer como una leona. Las leonas han sido siempre el núcleo de la sociedad matriarcal de los leones. Así ha sido, así es y así será. En el caso de Morrison Twistedhorn y Lady Araminta Finch, sus valores, su valentía y sus decisiones trascienden al paso del tiempo. Esta es una constante en varios personajes femeninos y, en cierto modo, no deja de ser una historia de mujeres, bravas, valientes y creativas. Es una reivindicación y un homenaje a todas esas leonas que han sabido abrirse paso en la vida a base de zarpazos. Sus actos son el fiel reflejo de mi admiración.
P: Cuando empieza el libro Madeline está perdiendo la vista, pero a su alrededor, y en su club de patchwork, encuentra una red de amistad, humor y apoyo que resulta fundamental. En general, muchos personajes se sostienen unos a otros en los momentos difíciles. ¿Dirías que la novela refleja una visión optimista de la naturaleza humana?
R: Puede que ese reflejo optimista de la naturaleza humana sea más un anhelo que una realidad. La ficción te permite ciertas licencias que, a la historia me remito, no suelen ser habituales en la vida real. Aunque a veces nos parezca que algunos personajes viven en un mundo de luz, otros nos recuerdan que toda luz produce una sombra. Es un desafío constante entre luces y sombras. Una luz puede guiarte pero también te puede deslumbrar; y una sombra puede ofrecerte cobijo pero también te puede sumir en el abismo de la oscuridad.
P: «Con el hilo idóneo y la aguja adecuada todo se puede coser»… ¿qué filosofía hay detrás de esa frase?
R: Esperanza. Una apuesta por la vida y el día a día. Poner en valor la grandeza de los pequeños detalles y la fascinante sencillez de las cosas simples. La coherencia suele ser una sabia consejera. Al igual que con el kintsugi, el arte japonés basado en la técnica de reparar jarrones de cerámica rotos con oro, plata o platino, aprendemos a aceptar nuestras heridas y fragilidades. Nuestras dificultades nos convierten en personas más fuertes y valiosas.
P: En la novela mezclas constantemente hechos históricos con personajes y escenarios inventados, hasta el punto de que el lector duda continuamente de qué pertenece a la Historia y qué nace de tu imaginación. ¿Qué te atrae de jugar con esa frontera?
R: Jugar por el juego mismo. Es un tiovivo de datos, recuerdos y metáforas de la imaginación. A veces sirven para adornar la ficción y en otras ocasiones se transforman en un trampantojo de la realidad. Al igual que un funambulista caminando sobre un alambre, el secreto reside en mantener el equilibrio.
P: Precisamente Halanhal Island es un lugar maravilloso que te inventas y que tiene su nacimiento en una colonización británica. Pero la organización del moderno Halanhal recuerda a Jávea, hay tres zonas diferentes… ¿cómo inventaste Halanhal y qué cosas del paisaje de Jávea y sus habitantes se han colado en esa visión?
R: Halanhal Island es un claro ejemplo de ese tiovivo de datos, recuerdos y metáforas de la imaginación. Tiene un poco de la cueva de acceso a Shangri-La de «Horizontes perdidos», el Montgó sale disfrazado de volcán, Port Cheddarshire, aunque más grande que Jávea, está dividido en tres zonas similares al Port, el Arenal y el casco histórico del Poble; hay una roca concreta a la que llaman fosca, y algunos habitantes tienen pellizcos de personajes reales en su carácter. Y cuando digo pellizcos, me refiero a que solo utilizo eso, pequeños rasgos que complementan al personaje pero no lo definen. En caso contrario dejaría de ser ficción.

P: En este primer libro situamos a los personajes principales y las tramas, ¿qué nos espera en el segundo libro y cuándo crees que acabarás de escribirlo?
R: El segundo libro se centra en la etapa de crecimiento y desarrollo. Unos acontecimientos se cierran para dar paso a nuevos retales del patchwork. En algunos casos la suerte es una moneda que se lanza a cara o cruz y cae de canto. Nuevos personajes y nuevos lugares se suman a unos destinos todavía por escribir. Llevo escrito más de la mitad y voy tomando anotaciones para retomarlas en el tercero. El plan continúa siendo que el segundo libro vea la luz en 2027 y el tercero en 2028. Así que, querida Marta, pasado el verano empezaré a pasarte el material para que podamos empezar a trabajar con el tiempo a nuestro favor.
P: ¿Qué te gustaría que sintiera el lector al cerrar la última página de El club de patchwork?
R: Pues cosas simples como la sensación de haber pasado unas horas entretenidas y la curiosidad por saber cómo se seguirá desarrollando la historia. No profundizo mucho más porque cada lector es un mundo y es libre, como no podía ser de otra manera, de sentir lo que sea. Escribo por el placer de escribir y considero al lector más como una consecuencia que como un objetivo. En mis años como actor de doblaje siempre grabé mis partes en el atril disfrutando el momento e intentando dar lo mejor de mí sin pensar en la aceptación que tendría por parte del espectador. Siempre tuve claro que ni le puedes ni le debes gustar a todo el mundo, por eso le doy absoluta prioridad al momento personal e intransferible de la escritura más allá de su efecto en el lector. No es que no me interese, no, es que no quiero que una consecuencia natural se convierta en un lastre durante el proceso creativo.
P: ¿Qué consejo le darías a esa persona a la que le gustaría escribir una novela pero que se siente intimidada por la idea?
R: Posiblemente el mismo consejo que me dio a mí Paco Martinez Soria en su camerino del Teatro Talía: «Si tanto te gusta, hazlo».

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