Escribir teatro: personajes encarnados

Lo bonito -entre otras cosas- de escribir teatro es que, a tu texto se le suma un nuevo componente: el actor/actriz.

La persona añade algo nuevo que se mezcla con lo propio del autor. Alquimia poderosa.

Esta fusión creativa, hecha de imágenes, palabras y presencias es muy valiosa también para la escritura.

Lo es después de haber escrito y lo es antes de haber puesto una sola palabra sobre el papel.

En el teatro no se escribe solo en papel

Todo se está escribiendo de algún modo, momento a momento, en la misma energía del grupo y en la historia personal de cada uno.

De manera más evidente, el actor aporta su cuerpo y su físico.

De hecho, una manera estupenda de llegar al personaje es a través de su cuerpo. Y una manera de llegar a la trama es a través del personaje… así que vamos llegando al corazón de la obra de forma unificada.

En teatro, como actores, cuando estamos improvisando, a veces, la mente quiere mandar y eso produce bloqueos. ¿Por qué? porque te has puesto a pensar. Te paras. «Un momento, ¿qué debería decir o hacer mi personaje?» Pánico, blanco… Los engranajes mentales dan vueltas y eclipsan todo lo demás.

En cambio, si en una improvisación te pierdes, siempre puedes tratar de atarte a lo único claro: el cuerpo del personaje.

Ese puede ser un punto de partida y de llegada.

Un par de ejemplos

Maite es un personaje que se ríe de forma compulsiva y se da golpecitos en el pecho, como si fuera un tic (esto no es mío; es de la actriz, ella lo ha buscado en su interior y ha conectado con eso…).

Vale, pues si nos perdemos, ( y empezamos a pensar y pensar… ¿qué diría Maite en esta situación?,¿qué haría?) A lo mejor ahí no obtenemos respuesta; En ese punto solo tenemos una idea preconcebida y superficial de sus motivaciones.

En cambio, si Maite vuelve a reírse de forma nerviosa o sigue con sus toquecitos o su manera distintiva de hablar a golpes; si persiste en su modo esquivo de mirar, y en su mostrarse altiva… ahí, poco a poco, volvemos a la senda.

De pronto hay algo auténtico, porque eso sale de ese cuerpo en concreto, no de una cabeza (que encima es la nuestra, no la suya).

Escribir con los personajes en mente

Otro ejemplo: tengo a este otro personaje, Iluminada Blanco. Es una mujer de voz muy grave y potente, pero pequeñita. Habla con grandilocuencia, despotismo y acento madrileño. Observamos todo eso…

Ese aire de grandeza proyectada, unido a esa fragilidad de su cuerpecito, me hacen ver claramente que acabará de rodillas, suplicando “¡No me hagas daño, solo soy una pobre mujer!”. También sé que miente más que habla y que se ha hecho a sí misma. ¡Bueno!

De lo dicho se puede comprender que también para escribir ficción no teatral, la tarea de pensar en el físico del personaje ayuda mucho. Piensa en él o ella de la manera más integral posible… Su voz (con su tono, sus inflexiones), su manera de andar, su espalda demasiado recta o encorvada, sus pasos -levitando o arrastrándose.

¿Qué comunica el personaje de forma global? ¿Qué hay debajo de las apariencias?

Vale la pena hacer un esfuerzo por conectar con eso. De modo que las respuestas más naturales lleguen de forma espontánea, no vía mente, sino más orgánicamente.

Si lo hacemos bien, ni siquiera sabremos que estamos haciendo algo… las palabras precisas vendrán.

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