Escribir un libro al año

Decía Annie Dillard en su libro Vivir, escribir (1989):

De los cuatro mil quinientos millones de habitantes que tiene la tierra, tal vez sean veinte las personas capaces de escribir un libro en un año. También hay forzudos que levantan un coche en vilo. Hay gente que participa en carreras de trineos de una semana de duración, gente que se tira por las cataratas del Niágara dentro de un barril, o que pilota un avión a bordo del cual pasa por el Arco del Triunfo. Hay mujeres que paren sin dolor. Hay gente que devora coches. No hay vocación que tome por norma los extremos de la condición humana.  Escribir un libro, dedicándole todo el tiempo del día, es una tarea que dura entre dos y diez años.

Me pregunto si esto sigue siendo válido en 2019. Da un poco de risa atreverse a deducir que, en un mundo de siete mil millones de habitantes, puedan ser cuarenta las personas capaces de escribir un libro en un año. Por el contrario, ahora serán como mucho cuarenta en todo el planeta las que se tomen ese tiempo para escribir.

Sí, qué novedad, ya lo sabemos: el mundo se ha acelerado y la información multiplicado. No es culpa ni mérito de nadie. No es que antes los escritores estuvieran espesos o fueran un poquito vagos, es que el mundo gira más deprisa y la tecnología nos da las herramientas para producir más. ¿Por qué no aprovecharlas? Indudablemente las cosas son más fáciles ahora, pero también, sí… más difíciles. Basta con echar un vistazo alrededor. Las novedades desaparecen de las estanterías de las tiendas (virtuales o no) en semanas y quedan sepultadas por nuevas novedades  (clarificadora redundancia). En el catálogo de Amazon cada minuto que pasa -sin ventas- supone una palada de tierra sobre tu tumba de autor/a visible. Visto así, proporciona más consuelo pensar que se ha invertido poco tiempo en tan efímera obra.

La cosa no para ahí. Por todas partes hay prisa. Así lo expresan libros como: Escriba una novela en 90 días; Cómo escribir cinco mil palabras al día. O  Escribir deprisa: cómo escribir algo a la velocidad de la luz. O el fantástico NaNoWriMo (concurso para escribir una novela en un mes, que -una cosa no quita la otra- tiene a su favor el ser una plataforma motivadora y con una gran comunidad de seguidores).

Yo soy afortunada y no estoy sometida a presiones editoriales o de mercado, pero, aún así, una de las cosas que más me preguntan cuando cuento que he (auto)publicado un libro es: “¿Y ahora qué?, ¿para cuándo el próximo?”  No es que no agradezca el interés y el empuje (al contrario), pero, ¿qué hay de no convertirlo todo en fast-food?

Es esa misma prisa la que nos roba la calma también al leer. Y nos suben las pulsaciones con los retos de a ver quién lee más libros al año en Goodreads, o con las ideas para leer más en menos tiempo. O con esos resúmenes de obras clásicas  que ya nadie tiene paciencia de leer. “¿Una descripción que se alarga tres páginas?, anda ya!” La presión de rendimiento anula el placer y vamos de una historia a otra, incapaces de recordar si la protagonista tenía los ojos verdes o negros, mirando de reojo la pila de libros que espera en la mesita y tentados por la oferta de Kindle Unlimited (lee hasta que revientes por un módico precio al mes), que a mí me hace pensar en los paseos, plato en mano, por los buffets libres llenos de glutamato o los desafíos esos tan bizarros: ¿quién es capaz de comerse más huevos cocidos en 50 minutos?

Creo que ya todos intuimos a estas alturas que más oferta no es más libertad y que la paciencia como lector@s y autor@s puede brindarnos obras de más profundad y por consiguiente experiencias más sutiles.

Es cosa de todo@s.

¿Cómo apreciar un texto con prisa?, sus matices, su música, la inmersión  que propone en un mundo ajeno, la invitación a vivir otra vida. Vivirla, no mirarla por encima con el cronómetro en la mano. ¿Y qué hay de darse después de la lectura una pausa para asimilar e integrar lo leído? ¿Suena a quimera?

¿Y cómo escribir un texto con prisa, cómo dedicarle el tiempo necesario si rige la urgencia por cumplir con un marcador y la presión (o avidez) por alimentar a un mercado adicto a las “chocolatinas” del vending? En esa carrera de autos locos no importa tanto la calidad como la cantidad. Y el circulo vicioso se alimenta por ambas partes. Libros malos, consumo rápido. Poca satisfacción.  Ah, pero la inmediatez, qué subidón da. Eso siempre. Más. Otra. Y otra. ¡Qué parecido a jugar a las tragaperras!

Por supuesto, en estas cosas, cada uno tiene su criterio y su gusto. Escribir y leer es una actividad muy personal y privada que cada uno gestiona como mejor considera, pero también es pública y social y quizá reflexionar en conjunto sea útil.

Seguramente eso de reducir la marcha es más fácil de decir que de hacer. Sucede en la vida real. Es contagioso. Ves un grupo de gente corriendo y ya eres incapaz de seguir con tu lento deambular. El tic-tac manda ahora y habrá que asistir al baile, ¿verdad?

“Nadie sospecha que los días son dioses”. Lo dijo una vez Waldo Emerson (1803-1882), y nadie mejor que él entendió la experiencia del retiro y la reflexión.

Bueno, por desgracia, para nosotr@s, algunos dioses habrán muerto en vano y algunos libros tendrán escasísima esencia divina.

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