Relato: Siempre Paula

Estaban las tres en el sala de estar de la casa de Enriqueta. Un silencio expectante flotaba entre las muchachas, reunidas en torno a la mesa camilla. La madre de Enri, se asomó a la puerta: “¿Queréis algo más, chicas?”. Las tres contestaron que no, pero, aún así, la señora Nadal dejó una bandeja con papas, una jarra y tres vasos de colores y volvió a salir. Le parecía que su hija nunca se alimentaba lo bastante.

“¡Tang! ¡Nos ha puesto Tang!”, dijo María inspeccionando un vaso con un líquido de color naranja intenso. “Aún se cree que tenemos doce años” dijo Enriqueta y se avergonzó un poco pensando en sus veinticinco cumplidos. “Si lo bebes con la actitud correcta, a mí me parece muy cool”, añadió Teresa. Ella podía añadir sofisticación a cualquier bebida. Y lo sabía. “Pero no estamos aquí por eso esta preciosa tarde de mayo, ¿verdad?” Teresa miró el reloj con un suspiro y Enriqueta captó la señal. Por fin abrió su portátil y lo encendió.

“¿Estáis preparadas para ver las fotos?” Enriqueta se reprochó al instante el no haber encontrado una frase más original para aquel momento tan esperado. “¿Tú qué crees?”, contestó Teresa como quien pega un portazo a tu lado, pero no quiere que te lo tomes como algo personal. Enri estaba a punto de replicar algo, cualquier cosa. “Venga, venga”, apremió María frotándose las manos, “Dejaos de rollos y vamos al grano, por Dios”. Lo último que quería era que sus amigas se enredaran con preámbulos tontos. A su juicio, Enriqueta y Teresa siempre trataban de demostrar su superioridad la una a la otra. Eran bastante infantiles.

“Ya que me lo preguntáis, esta foto la he conseguido porque una conocida mía está etiquetada”. Enriqueta hizo una pausa, quería que se diesen cuenta de lo valioso que era aquel hallazgo. Deseaba unas palmaditas en la espalda. Consciente de eso, atrajo hacia sí el portátil unos segundos.

“¿Qué conocida?”, preguntó María dispuesta a darle su premio. También quería saber de qué amiga se trataba. Era abiertamente curiosa y no encontraba nada malo en ello.

“Bueno, como sabéis, he estado yendo a funky en los últimos meses y resulta que allí…”

“¿Pero qué más da quién sea?”, zanjó Teresa con mucha impaciencia. “Esa conocida de funky nos da absolutamente igual. ¿Nos la vas a enseñar o no?”. Enriqueta se rindió, como hacía siempre ante Teresa. “Vais a flipar” dijo y dejó el portátil a la vista. Seleccionó un archivo con doble clic. Ante ellas se desplegó la instantánea de cinco de mujeres sonrientes posando para la foto en un jardín engalanado con guirnaldas y flores. La protagonista de la foto, una chica menuda y muy bonita, sonreía más que ninguna y brillaba sobre las demás en el centro de la imagen. Llevaba un vestido medieval, largo, de color marfil, con amplias mangas y capucha. Sobre la cabeza lucía una corona de diminutas flores blancas. Las otras chicas, menos afortunadas, se habían inspirado en la misma época, pero el resultado era mucho más cómico que embrujador.

María soltó una carcajada y se enjugó unas lágrimas. “Pero bueno, ¿qué es esto?, ¿una fiesta de disfraces?”. “Eso mismo me dije yo. Eso mismo”, apuntó Enri señalando enérgicamente con el dedo, como si hubieran coincidido las dos en la formulación de la penincilina.  “Es evidente que es una fiesta de disfraces”, sentenció Teresa. “¿Pero no lo son todas las bodas?”. Las tres se quedaron calladas y el tic-tac del reloj de María, un bonito modelo deportivo, se hizo muy presente en la estancia.  Desde luego, con aquello no contaban. Habían esperado encontrar fotos de una boda tradicional, vestidos brillantes, satinados, zapatos de tacón y tocados; trajes de chaqueta, corbatas tornasoladas… y no terciopelos, coronas y corpiños. Pero no era eso lo que les disgustaba aquella tarde. Será bueno explicar al lector, una vez llegados a este punto, que, en realidad, las tres ardían en deseos de ver fotos de esa boda a la cual no habían sido invitadas y sentir pura indiferencia, pero ninguna iba a confesarlo abiertamente, ni tampoco que un cosquilleo de tristeza las acechaba. Y es que nadie se aprieta voluntariamente una herida abierta, ¿o sí? La herida, o mejor dicho, la hiriente, era, la chica sonriente del centro de la foto, la novia. Paula, amiga íntima en otro tiempo, les había retirado la palabra hacía ya tres años. Tres. De golpe, a todas ellas, con una rotundidad que a las afectadas les parecía tan pasmosa como insultante (el orden de este binomio cambiaba según el humor de las chicas).

La mecha empezó a encenderse por Enri, del modo más tonto. A Paula no le había gustado que ella empezara a salir con su mejor amigo, Pedro. Paula era muy posesiva con lo suyo. Ya se tratara de su Buzz Lightyear cuando eran pequeñas o de sus amigos de carne y hueso. Pedro era de su propiedad. Y el mínimo detalle que podría haber tenido Enri, y que quizá la hubiera salvado del destierro y habría evitado la tragedia, habría sido informar a Paula y pedir su bendición. Tan fácil como eso. Pero ya era tarde para recular porque las cosas se habían ido magnificando entre silencios y orgullos. Enri ya ni siquiera se veía con Pedro, objeto de la polémica. De hecho, llevaba un par de años de formal noviazgo con Edu, un amable chico ajeno al grupo. La siguiente en caer fue Teresa. En esos convulsos días en que Paula entró en cólera, muchos fueron los reproches que se hicieron las chicas. Paula decidió inventariarlos todos en un e-mail para Teresa, en el que detallaba todas las afrentas que sentía haber recibido desde que se conocieran en la guardería. Si Teresa hubiera respondido con mano izquierda, quizás los acontecimientos hubieran seguido por otros derroteros, pero es que Teresa no respondió con ninguna mano, simplemente, no respondió. Lo que había empezado siendo solidaridad con la buena de Enri, acabó transformándose en indignación ante tanto agravio resucitado. Consideró más prudente no contestar, pero ese silencio pasó a ser la mayor ofensa y en un abrir y cerrar de ojos, Teresa cayó en el terreno de los proscritos. Su amor propio hizo el resto. En cuanto a María, su pecado había sido ser la más fiel amiga de Teresa. A veces sucede que uno pretende tirar unos pantalones viejos y que, al hacer limpieza, tira también aquella camisa roja que nunca se pone y que no sabe muy bien qué hace en su armario. Pues bien, en el armario de Paula, María era esa camisa. La pobre María, aunque inteligente y pragmática, aún sentía en su rostro aquella bofetada de desaire irreparable. Bofetada injusta e inapelable que más dolía porque no podía contestar. Paula le había atizado y se había ido sin esperar réplica.

Lo peor del asunto es que Paula, al parecer, podía seguir su vida como si nada, como si no hubieran crecido juntas, como si no hubieran compartido miedos, lágrimas, risas, apuntes y chupitos. Eso mortificaba a las chicas.

“¿Y no hay ninguna foto de Sergio? Me gustaría ver al novio en mallas” Teresa trató de restablecer el ánimo del grupo. Enri negó: “Yo no tengo más y si tengo esta es por mi amiga de funky, que resulta que es la novia de un amigo de Sergio… La verdad, chicas, es que a mí no me parece apropiado todo este rollo para una boda”, Enriqueta lo pensaba seriamente. “Pero claro, como ella es tan alternativa…” y lo de alternativa lo dijo  encogiendo los dedos y arrastrando la palabra hasta el infinito.  “Pero Paula entonces… ¿de qué va vestida exactamente?… ¿de hada?”, preguntó María tratando aún de aferrarse a la imagen. A su juicio Paula se había pasado de maquillaje. “¿Alguna vez habéis visto que un hada se maquille?, O eres hada, con tu natural cutis de hada, o no lo eres… Vamos que Pau más que hada es… una bruja”. Enriqueta se rio. Teresa ni se molestó. “Va de princesa, mujer. Al menos, ha tenido la humildad de no elegir uno de reina”. Hubo otro silencio. “Pues yo la veo… avejentada”, sentenció al fin María. Las dos chicas la miraron sorprendidas. María pegó un trago al Tang. Seguro que Paula hubiera valorado aquel detalle tan retro. Recordó cuando iban juntas a los mercadillos en busca de rarezas, chapas de la URSS, vinilos de Las Grecas… A pesar del desprecio, la echaba de menos. Era la pura verdad. Los años que ella observaba casi imperceptibles, pero de algún modo presentes sobre la Paula de aquella foto eran en realidad los años de la separación. Días y días robados a su amistad. La vida se colaba entre las rendijas del orgullo de aquellas amigas.

“Bueno, pues ya nos hemos casado”, Teresa se levantó alisando su chaqueta negra. “¿Nos veremos en el bautizo?”. “¡Claro!”. Enriqueta se levantó también. Quería contarles a sus amigas que ella misma estaba ilusionada y pensaba en casarse con Edu, pero lo dejaría para otro momento. María esperaba de pie, frotando el casco de su moto. Se quedó con las ganas de comentar lo de su ascenso, pero ¿a qué desconsiderado mortal le apetece hablar de trabajo a las siete de la tarde? Teresa no tenía nada que decir. Era reservada y además, si hablaba, acabaría volviendo a aquel maldito e-mail de Paula que le perseguía en esos momentos como una mosca tozuda. Tres años ya…

Se despidieron. La vida iba pasando, pero ellas seguían juntas. Siempre les quedaría Paula, en esencia, en recuerdo, en foto… De algún modo. A las tres.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s