Sor X se había quedado sola. Sentada bajo la higuera, despertaba de una siesta involuntaria a la hora del diablo. Al ser consciente de la circunstancia, sintió terror: el diablo era lo más antagónico que podía concebir. Tan terrible que ni siquiera podía darle una forma clara en su cabeza. Emergía en ella una mezcla de pavor y de imágenes confusas y fragmentadas que, en su conjunto, componían la fuerza maligna: cuerpos retorcidos del color de la carne chamuscada, columnas helicoidales, y unas pupilas amarillas que todo lo penetraban. A diferencia de los ojos divinos (que ella imaginaba miopes, suaves, de un azul diáfano) estos se hallaban consumidos de una furia y lujuria lacerantes.
Las sombras de la higuera iban cediendo mientras sor X esperaba a que la hora del diablo pasara. Regresar al convento no era buena idea. Se sabía de algún modo atrapada y el buen juicio le decía que, si no se movía, si no llamaba la atención, si se volvía transparente y rezaba sin hablar, el diablo pasaría de largo. Sor X observó la piel blanca de su tobillo y se recolocó el hábito para cubrirse por completo, las manos dentro de los bolsillos, la mirada baja. Las oraciones tartamudeaban en su cerebro mientras sentía el tronco del árbol presionando su espalda como si la higuera respirara, pulsante. Normalmente no era consciente de su cuerpo y sí en cambio de su alma, siempre en peligro. El alma era un corderillo de algodón que debía proteger. Tenía que enseñarle a encontrar el camino de la salvación. Pero ahora su alma dormitaba ausente y sor X, en su lugar, sentía un cosquilleo en el pecho. Serían los ronquidos del corderillo; ese aleteo blanco e intermitente le inflamaba el corazón.
Una hora no podía durar para siempre, pensaba con la mirada anegada en el cielo rosado. Era hermosa la hora del diablo, venía acompañada de una brisa que le cantaba y le erizaba el nacimiento del pelo, ese espacio libre de la toca, un lindero desconocido. Coser hábitos, pulir cacerolas, trabajar el jardín, todo eso mantenía al diablo a raya y fortalecía al corderillo, pero ahora no podía recurrir a remedio alguno.
La sangre bajo sus antebrazos palpitaba y ese fluir continuo la sobrecogió. Respiraba aún la higuera a través de su espalda y desataba algo nuevo: un sentimiento de estar viva, una necesidad urgente de tocar la tierra con las manos, un deseo difícil de resistir de mover las piernas y librarlas del hábito. Los méritos acumulados en años de noviciado y tras pronunciar los votos eran guerreros de arena en un día de lluvia. Sabía que el diablo la encontraría, así pasaba cada vez en las fábulas con moraleja. Una imprudencia se pagaba siempre, la negligencia ociosa, ¡una siesta bajo una higuera! Y entonces, ¿qué hacer, levantarse, salir corriendo y buscar una cacerola que pulir? El convento parecía tan distante y frío; las hermanas, extranjeras de una tierra piadosa a la que no pertenecía.
Sor X no pudo pensar ni tomar una decisión, el maligno parecía haber bloqueado su razonamiento, así que aflojó su cuerpo con un suspiro. Permitió que su espalda se deslizara hasta tocar el suelo, flexionó sus piernas, con las rodillas apuntando al cielo, sus manos abiertas a ambos lados. El diablo la había atrapado por sorpresa y con algo similar al placer. Por suerte el corderillo dormía.

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