Los guantes

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Hubiera sido demasiado fácil achacar su frustración a la insatisfacción sexual, pero lo cierto es que, últimamente, cada vez que veía los guantes de terciopelo verde en el escaparate de los grandes almacenes donde trabajaba, se llenaba de rabia.

Era tan irracional como incontestable, una mezcla de indignación y disgusto, el breve despunte de un deseo que se volvía amargo antes de llegar a su conciencia.

Por si fuera poco, alguien había dispuesto los guantes separados, a cierta distancia uno del otro. El izquierdo era el que más detestaba. Le obsesionaba la contemplación de esa mano plana, flácida y sin vida, un fragmento incompleto y aislado de la totalidad. Como ella misma.

Regresó a su puesto, bajo el letrero de «Recambios Cambridge» y examinó las tijeras y las estilográficas. Atrajo hacía sí la bandeja del expositor y después la mantuvo a distancia, como si temiera que aquellas puntas pudieran atravesarla. Los destellos brillantes y cromados de las tijeras actuaban como reclamo y símbolo de todo aquel material de oficina diseñado para acabar en casa de cualquiera con ganas de gastar dinero de más.

«¿Qué más da si no encuentro pareja?», se dijo tratando de deshacerse de un incómodo pensamiento, «al menos tengo un trabajo y no paso privaciones».

Miró de reojo y le sorprendió su propia imagen proyectada en la columna espejada que separaba su expositor de la siguiente firma de papelería. Qué bonita era su chaqueta nueva. Entallaba su figura y resaltaba su cintura. El verde le sentaba muy bien y sintió crecer en su interior un chispeante orgullo que se pinchó como un globo al recordar, sin poder evitarlo, esos guantes de color trébol del escaparate.

Los que nunca tendría.

Sus manos se cerraron y sintió la ausencia que no podría llenar. «Tendré que vivir siempre con las manos desnudas».

«No es tan terrible».

«Me gusta su esmalte de uñas», dijo una clienta con los ojos fijos en el rosa pálido de sus dedos. Diez pequeños óvalos con el brillo del atardecer que escondió de inmediato en el centro de sus puños.

Ignoró el comentario. Los halagos casi siempre presagiaban alguna exigencia. La clienta, una mujer robusta y satisfecha, paseó su mirada por las tijeras.

—¿Cuánto cuestan estas?

—21, 90. Son de acero inoxidable y mango ergonómico, el color ciruela de los dedales es de edición limitada.

—Son preciosas, pero yo tengo los dedos rechonchos y estos agujeros tan pequeños… En cambio usted…

Otra vez la mirada de la mujer buscó sus manos y otra vez las escondió.

Ahora se sentía ultrajada. Esos dedos escuálidos que nadie besaba, que no eran dignos de ningún anillo. Esos apéndices inútiles que nunca sentirían el calor de unos guantes de terciopelo verde.

Dio un paso atrás y se sentó en el taburete conteniendo su rabia bajo una máscara de solicitud. Imaginó a su clienta atravesada por las tijeras y alfileteada por las estilográficas, pero ninguna imagen le procuró satisfacción. Nada la alcanzaba ya. Sus pupilas permanecieron fijas y oyó la despedida en sordina de la mujer.

«Tienen a una chica muy sosa vendiendo artículos de papelería en Cambridge», dijo la señora M. más tarde a su pareja. «Realmente no sirve para vender». Aceptó una copa de vino mientras la escena vivida horas antes se diluía en su conciencia con cada sorbito. Nunca más volvería a prestarle atención después de esa noche. «Ah, y sin embargo, pero qué manos tan bonitas tenía».

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