La mente del creador

Mis indagaciones o mi camino me han llevado estos días a toparme con un libro muy especial de Dorothy L. Sayers (1893-1957).

Esta autora británica es conocida por sus novelas de misterio y esa era la faceta más familiar para mí, pero en realidad era mucho más que una (muy buena) escritora de ficción.

Tenía un genuino interés por el cristianismo y eso la acerca a autores como C.S. Lewis o Chesterton. Estuvo dedicada muchos años a la traducción de La divina comedia, que consideraba su obra más importante. Además de ensayista, desarrolló una interesante carrera de autora teatral. Toda una humanista.

Para hacernos una idea de su impacto, según escuché en una presentación de la investigadora Crystal L. Downing… Sayers fue la responsable de llevar a escena El hombre que nació para reinar (versión del relato de R. Kipling). Para esta adaptación teatral decidió no emplear la biblia en su versión King James (la más empleada en lengua inglesa), sino modernizar el lenguaje empleando el inglés de la época (incluso Mateo hablaba inglés americano coloquial). En ese sentido, fue muy valiente y subversiva, consciente del poder del lenguaje para conectar con la sociedad.

Como anunciaron los periódicos del momento: ¡La vida de Jesús en slang!! Aquello fue un escándalo que llegó al parlamento y al mismísimo Churchill. A Sayers se le acusó incluso de ser responsable de que Singapur cayera en manos de los japoneses en 1942 como castigo divino a su empleo del inglés coloquial…. bueno, digamos que recibió muchísima presión que no la hizo ceder ni en sus convicciones ni en su visión artística.

Mind of the Maker

Os invito a profundizar en su perfil, pero hoy quería hablar de su libro Mind of the maker (1941)

En él se ayuda de la analogía, al modo de Santo Tomás de Aquino o San Agustín. La idea es que, para entender lo desconocido, hemos de poder relacionarlo de algún modo con lo conocido.

Lo que ella hace es -de manera objetiva- comparar la doctrina cristiana con el acto de creación artística. La tesis es que en Dios y en el hombre (¡y mujer!) existe por igual el deseo y la capacidad de crear. Y esto es parte de su esencia.

No es un libro fácil pero es muy sugerente y yo solo doy unas pinceladas aquí (mientras me pregunto por qué me he metido en este lío :))

Esencia tripartita

La analogía es la llave interpretativa y la comparación con la Santísima Trinidad la piedra angular del libro, que sirve para ilustrar la Doctrina de la Mente Creativa.

Dorothy L. Sayers ve en el acto creativo ideal una esencia triple (tomamos la escritura como un ejemplo de creación artística):

1. La idea

Esta existe a lo largo de todo el proceso, pero solo se manifiesta en la escritura. Sería equivalente al Padre o la Palabra.

Precede al trabajo mental y físico. Se trata del impulso inicial, que está fuera del tiempo y no sujeto a él.

2. La energía

Esta es la fase de escritura de la obra, la que requiere esfuerzo, alegrías y sufrimientos. Es el la palabra encarnada o el Hijo.

Esta fase sucede en el tiempo y en el soporte físico y material. En ella se revela la idea, que existía pero solo aquí se manifiesta.

Personajes, capítulos, frases, una palabra tras otra, desarrolladas en tiempo lineal, como eventos sucesivos.

3. El poder

En esta fase al escritor le llega de regreso el poder de la historia escrita. Se produce cuando la obra ha sido compartida y leída. Se trata de la interacción y el significado. Es el Espíritu Santo.

Inmaterial y atemporal, incluye las respuestas que se producen en la mente de los hombres y mujeres que entran en contacto con la obra escrita o representada.

Se trata pues de un poder social.

Así pues, este es el carácter trinitario de la obra artística: pensada, ejecutada y compartida. Lo interesante es que son partes constituyentes, distintivas pero unitarias en conjunto. Cada una ilumina a la siguiente.

Tal vez es difícil de entender, pero también lo es apresar la complejidad de la Santa Trinidad. Basta quizá tener un aroma de ello… Un sentimiento de reconocimiento.

Nuestra naturaleza

La implicación de esto es que, según Sayers, nosotros mismos somos por naturaleza y esencia parte de la misma estructura triple: somos el libro leído, en el universo que es el libro escrito por la mente de Dios, que es el libro como pensamiento.

Esto quiere decir que la creatividad no es exclusiva de los artistas, sino parte de todo hombre y mujer. Y aún más, quiere decir que confinar a los hombres y mujeres a actividades, trabajos y vidas no creativas, les hace violencia.

También que el trabajo podría y debería ser un espacio de integridad y realización para el ser humano.

Hay más analogías interesantes en el libro y que se pueden llevar a bastante profundidad.

Conocer al autor por su obra

Respecto a algo que yo me preguntaba hace unas semanas...si es posible o no conocer a un autor por lo que escribe, podemos preguntarnos: ¿Se puede conocer a Dios por sus obras, es la suma de todas ellas o es independiente de ellas? La teología ha debatido ampliamente sobre esto y el libro se sumerge en concienzuda reflexión.

La conclusión de Sayers es que el autor está en cada personaje e historia y a la vez no se limita a la suma de todos ellos. Podemos entender algo de él por su obra, pero siempre quedará una parte desconocida.

Libre voluntad

Otra idea muy interesante es la del libre albedrío de los personajes. Y esta toca un debate conocido para los autores y al que -como sucede en el plano teológico- se le da muchas vueltas. ¿Existe la libertad individual de autor y personaje?, ¿qué es preferible, planificar con estricto control o dejarse llevar?

Para el Creador, sus criaturas poseen libre voluntad y les permite ejercerla con supremo amor y perfecta libertad. De lo contrario, hablaríamos de un Dios o autor dictador (que también los hay).

El autor debería proceder también así, pero no es tan sencillo como parece, ni se puede dar una fórmula para aplicar felizmente. Se busca un equilibrio entre la atención y el permitir que los personajes decidan su camino.

Esto no significa desentenderse de ellos. Implica escucharlos y sobre todo respetar la lógica de su carácter. A veces sucede que el autor se empeña en algo que contraviene la naturaleza de la historia y de sus personajes. Esto suele acabar mal…

Por cierto que lo dicho conecta también con las tres ideas platónicas y arquetípicas. El Bien se consigue con el oficio; la Belleza con el gusto por la forma y la Verdad atendiendo a la lógica de la estructura.

Es fundamental y revelador entender que la verdad de la historia es una y solo una. Y debemos expresarla. Sintonizar con esa verdad o lógica interna es la clave de un libro bueno o malo (independientemente de su género o pretensiones).

¿Y a mí, qué?

Soy consciente de que esto puede parecer muy intelectual, muy marciano, incluso muy cristiano, y ya que estamos, muy anglicano! 🙂

Independientemente de eso, yo también creo que hay paralelismos en el acto creativo y el trascendente. No para endiosar a los autores, por supuesto (al contrario, esta conciencia debería generar humildad). Sino porque, tal y como decíamos antes, lo creativo está en la esencia humana. Y esto es así porque conecta con lo profundo y con el misterio.

Pero también porque, por debajo de la complejidad del pensamiento (incluso de lo confuso y torpe que puede ser este post), lo más importante es reconocer que crear es tan natural como respirar y vivir.

Cada vez la respuesta cómo abordar este desafío parece la misma: accediendo al acto creativo -vida incluida- desde un lado menos lógico. Como un reflejo del ritmo del mundo creativo mayor y como un acto de amor.

Se trata de aproximarse con la síntesis y no con la razón. Con el símbolo (por eso el arte ayuda).

Quizá ayude liberarnos de formatos y esquemas o tal vez abrirnos a algo más, independientemente de la ideologia o credo. Por ejemplo a esa naturaleza triple y difícil de procesar de forma lineal o verbal (por eso tan difícil de explicar).

Como Dorothy Sayers nos dice es inútil llegar a ello pensando o tratando de resolver un problema al estilo científico… Así que no pensemos en todo esto. Mejor escribamos un poema, pintemos una escena, creemos algo nuevo.

Por cierto, no me resisto a añadir que este libro se publicó en 1941, en plena II Guerra Mundial. Leer sus comentarios (y su saludable humor) mientras todo eso sucede, ayuda también a relativizar nuestros problemas diarios -y creativos- ¡Así que a trabajar!

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