Mario Benedetti: El sexo de los ángeles

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Me gusta mucho este microrrelato de Benedetti, porque, además de su sentido del humor y su originalidad, mezcla perfectamente narración y poesía…

La sugerencia del tema se suma a un empleo súperefectivo del lenguaje… Nada es casual y todo tienen intención.
Por poner un ejemplo, Estoque es una palabra que tiene un significado (espada estrecha y afilada en la punta) y además una sonoridad “dura” con la /K/… y una determinada evocación si estamos leyendo sobre un encuentro sexual… y eso en conjunto -las asociaciones, la forma, el sentido- es lo que trabaja silenciosamente en la mente de quien lee…

Las palabras son actuadas literalmente por los personajes… haciendo evidente ese poder de manifestación del lenguaje, el Verbo (aquí como sinónimo de palabra, no de tiempo verbal) porque Benedetti en su genialidad de poeta emplea sustantivos, palabras de esencia, pero mucho más pasivas… así que todo funciona por el propio significado y por la belleza de las palabras.
Y todo ese cortejo y ese intercambio ultrasignificativo (Cuenca, Manantial) va subiendo en intensidad de Cirros y Cúmulos hasta culminar en Rebato (golpe de campanas y por proximidad… arrebato).

Y, por si no fuera bastante, si haces el ejercicio de leer el texto en voz alta, te llevarás el bonus extra del ritmo y la musicalidad!

Además de deleitarnos en un ejercicio de voyeurismo angélico, esta composición nos recuerda que el amor por las palabras es mágico y sensual.

El sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.

Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. El dice: “Alud” y ella, tiernamente: “Abismo”.

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.

Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.

Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. El dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.


 

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