Un hombre de lava

—Tengo que esperar a mi amiga—le dije al recepcionista del hotel.
No tardarías en bajar. Aparecías en cada punto del mundo que yo deseara explorar. Daba lo mismo Carrara o Abu Dabi, siempre era igual: yo creía que viajaba sola hasta que un conocido perfume te delataba. Después, aparecías por una esquina y fingías que eras una aparición, como si alguna fuerza te convocara a tu pesar. Bostezabas, me decías que estabas cansada, que te disgustaba tanto como a mí la situación, pero que me seguirías a todas partes.
El sentido de la obligación nos unía.
En el último momento, el empleado del hotel me dio un teléfono móvil. Era de prepago y tenía un número de emergencias grabado.
“Por si acaso”, dijo.

Dejé el coche junto a un risco y caminamos hasta las canteras. No hablamos durante el camino. No hacía falta. La vieja costumbre de no soltarnos era bastante. ¿Cuánto duraba aquello? No recordaba mi vida sin ti, pero tuvo que haberla.
Nos asomamos al yacimiento, sin fijar los ojos en nada, como si viajáramos solas. El jefe nos explicó que aquellas rocas que teníamos delante eran de un mármol mucho más valioso que el ordinario. De hecho, la palabra exacta para definirlo no era mármol, pero dada nuestra ignorancia, era lo más aproximado para que entendiéramos lo que estaba fuera de nuestra comprensión.
Al parecer, habíamos llegado a tiempo para presenciar lo mejor. La dinamita ya estaba a punto. Una explosión provocó que algunos trabajadores salieran despedidos por el aire. Me dio tiempo a ver sus caras de resignación, mientras trataba de protegerme. Parecían muñecos, blandos, sin huesos, confiados en tener una buena caída. Siguieron varios estallidos más. Tú bostezabas “¿En serio he venido para esto?”. “Tranquila”, me dijo el jefe, como si quisiera apaciguar mi miedo, “aquí no usamos excavadoras. Y ellos están acostumbrados”. Yo, sin embargo, no me acostumbraba a verte en todas partes. Tenía miedo de ti.
El jefe siguió hablándonos de la potencia de aquel mármol, muy poderoso, muy caro, absolutamente fuera de lo común. Para nosotras solo eran piedras muertas. Entonces algo sacudió el suelo. Una luz volvió la tierra transparente. Seguí con la mirada aquélla línea resplandeciente que serpenteaba como un latigazo bajo nuestros pies. “Es increíble”, dije. El día se había cerrado de golpe, como si una nube nos envolviera. Pensé que el jefe había logrado de alguna manera que la naturaleza se apagara solo para destacar el efecto de su mármol. Ahora, aquello poderoso, liberado de su forma de piedra caliza, correteaba, hecho luz. De pronto se elevó, marcando, poco a poco, el perfil de un edificio abismado hacia el vacío. No podía dejar de mirar lo que acababa de aparecer ante mis ojos. ¿De dónde había salido ese edificio? Y no solo eso. Había una solitaria silueta en una de las terrazas, a punto de ser alcanzada por la luz, aún gozando de la penumbra. ¿Era posible? Tal vez solo era una sombra.
“Me gustaría vivir en aquel balcón”, dijiste. “La corriente debe de ser buena en verano”. Me pareció que la sombra cobraba vida en la distancia y se acodaba en el balcón, frente a nosotras. Me imaginé a un hombre tomando el desayuno allí, un acto cotidiano, envuelto en un batín, pero iluminado, traspasado por la luz. Un hombre de mármol. No, un hombre como una lámpara de sal.
Los pájaros empezaron a trinar en la oscuridad. No sé si era una señal de jolgorio o de peligro. Tal vez era el móvil de prepago pidiéndome que escapara. El jefe se secaba el sudor de la frente y tú seguías mirando al hombre imaginario del edificio luminoso, a punto de encenderse.  El calor me hizo pensar en el interior de un volcán. Eso es, me dije, he ahí un hombre hecho de lava. Deseé que nadie nunca pudiera atraparlo.