Relato: Marketing real

Había dejado el café para dar una tregua a sus nervios. A cambio, compró un económico té negro en bolsitas. Las luces parpadeaban en la cocina iluminando una grieta en el techo. Empezaba a hacer frío. Añadió la tercera cucharada de azúcar, sorbió su té, parpadeó y… pum: se encontró en un páramo ondulado. En la noche oscura, colores violáceos se emparejaban en un cielo lleno de estrellas. ¿Y la cocina? Lo que veía ante sus ojos no era una pantalla, ni un truco. Estaba allí de verdad. Sentía la brisa en los brazos, percibía esos nuevos olores, la hermosa vastedad ante ella, una extraña sensación de expansión que no parecía miedo sino perplejidad. ¿La falta de cafeína provocaba eso o tal vez soñaba?

Regresó a su cocina del mismo en modo en el que había salido de ella: sin ninguna lógica. Se planteó una visita al neurólogo pero lo descartó por el momento; tampoco comentó con nadie aquella experiencia. Hay cosas que es mejor llevar en silencio, hasta que una explora sus consecuencias, hasta que es posible descartar la locura y, si no lo es, se encuentra la manera de poner tierra de por medio. 

A su alrededor todo parecía tan normal como siempre. La oficina de nueve a cinco; la casa (demasiado grande, demasiado vacía) esperándola cada tarde; el gimnasio para demorar la llegada a casa; las amigas, los vecinos… todo y todos seguían igual, al punto de que aquel episodio inexplicable hubiera podido quedar atrás como una singularidad. Sin embargo, poco después, esta vez en el salón, mientras trabajaba en un problema financiero, dio un trago a su té y ¡plam!, las filas de excel cedieron paso a frondosos matorrales y un zumbido como de moscas. El verde clorofila dominaba su visión. Entre la espesura, unas ramas enroscadas y un silbido como de serpiente. Trinos de pájaros amazónicos en agudo. Avanzó unos pasos con el corazón embravecido, deseosa de conocer el nuevo escenario que se le ofrecía. Nadie salió a su encuentro en ese efímero paseo que era exploración y desafío. Y sin saber cómo, de vuelta al salón, con el informe parpadeando su aburrido tedio en la pantalla.

Para probar su cordura, quiso regresar a la jungla pero nada aconteció. Ni desearlo, ni visualizarlo, ni darse impulso. No funcionaba así. Sin explicación no había comprensión pero eso no condicionaba el disfrute. Por breves y aleatorias que fueran, esperaba aquellas incursiones fugaces que empezaban a llenar su vida de un anhelo de aventura súbito y estimulante. Quería más de esos paisajes exóticos y vibrantes que destacarían en los mejores catálogos de viajes. ¡Y sin las molestias de un vuelo!

Dejó de intentar convocar a voluntad algo tan azaroso. Tampoco era preciso, pues los viajes comenzaron a ser diarios. Siempre a la hora del té: un sorbito y muralla china; un trago y cañón del colorado; otro trago y acantilados escoceses bajo una luna perfecta. Y cada vez regresaba al punto de partida tras unos minutos. La teína. Quizá su cerebro se alteraba con la bebida. Tal vez se le había soltado algún cable ahí arriba.

Muchas veces en la vida los misterios ganan la batalla, una nunca llega a descifrarlos. Algo se queda sin respuesta para siempre, produciendo un interrogante en el alma, que enraíza con fuerza y hace cosquillas en el pecho. Pero ella sí llegó a desentrañar el enigma. Y fue una cosa bien simple. Movida por un deseo de entender, decidió estudiar los ingredientes de su té de la tarde, y en la bolsita, en el pequeño cartón que indicaba minutos y grados, obtuvo la respuesta: «Teafast, infusiones que te transportan». Y vaya si lo hacían.

Bebió un trago muy dulce y respiró hondo, atrapando el aire mentolado de aquella montaña brasileña que se extendía frente a sus ojos. Iba a disfrutar de esos minutos de asombro y mariposas. Más increíble aún que teletransportarse era constatar que, por una vez en la vida, la publicidad no mentía. 

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