Estoy revisitando películas de Deborah Kerr (1921-2007), una de mis actrices favoritas del cine clásico. Siempre he pensado que su talento no fue reconocido como merecía. Consiguió seis nominaciones al Oscar, que se tradujeron en… cero estatuillas (aunque recibió el Oscar honorífico a su carrera en 1994).
De todos modos, no deberían ser los premios los que midan la valía de un artista, ya sabemos que están sujetos a muchas circunstancias. Una buena actriz es igual de grande con o sin nominaciones, con o sin galardones.
Para mí, Deborah Kerr, como actriz, es una combinación de elegancia y perspicacia; de humanidad y de conflicto interior, una de las mejores para expresar el tormento reprimido, el fuego dentro del hielo. Tal vez esto es así porque, en Hollywood, la encasillaron bien pronto en el rol de belleza virginal, mujer virtuosa y… nada más.
«Vine aquí [a Hollywood] para actuar, pero resultó que todo lo que tenía que hacer era ser noble, sufrida, decorativa y llevar guantes blancos».
Monja, institutriz, educadora, esposa… eran papeles que le iban muy bien. Y de algún modo esa etiqueta de «recatada» es una constante en toda su trayectoria, incluso aunque protagonizara uno de los momentos más icónicos del cine clásico: ese beso con Burt Lancaster entre las olas en De aquí a la eternidad.
Me pregunto si en esto de catalogarla de monjil tuvo algo que ver uno de los papeles que cimentaron su popularidad y la llevaron a Hollywood. Me refiero a Narciso negro, película inglesa de 1947 en la que interpreta a una joven madre superiora que tiene que afrontar los retos de consolidar una orden religiosa en el Himalaya.
Creo que esta película tan sugerente podría ser una buena representación de “El caso Deborah Kerr”. Es decir, Narciso Negro es mucho más que una historia de monjas; es una historia de represión, de la emergencia de lo reprimido, de la imposibilidad de contenerlo y del deseo de liberar todo eso. Es un choque entre el occidente refrenado y la exuberante y desbordante sensualidad de oriente. Así sucedía con Deborah Kerr de algún modo: era imposible silenciar todo lo que se intuía bajo la apariencia educada (¿qué decir de su papel en Los inocentes?) Es como si, por querer sofocar algo, ese algo (casi siempre la fuerza sexual; el deseo; la vitalidad) se hiciera más grande y buscara su vía de escape a toda costa.

A partir de aquí puede haber spoilers….
Narciso negro adapta la novela de Rumer Godden. La película, dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, fue filmada en Technicolor y el color, en efecto, juega un papel clave (con la fotografía a cargo de Jack Cardiff, que ganó el Oscar. Eso sí, se rodó en los estudios de Inglaterra y, excepto los flashbacks de Irlanda, no se filmó nada en espacios naturales!). Además de los brillantes azules y verdes de la naturaleza, hay un juego cromático muy simbólico en el film.
El blanco de los hábitos se acaba rompiendo ante el rojo, sobre todo en el clímax de la peli. Es ahí donde la hermana Ruth (Kathleen Byron) se convierte en una especie de espejo oscuro de la hermana Clodagh (Deborah Kerr). Pero más que un espejo, mientras lo pienso, creo que Ruth es su propia sombra: esa parte de la personalidad que Clodagh reprime y no quiere ver, pero que vive dentro de ella.
En un momento de tensión que lo precipita todo, Ruth se despoja del hábito —se libera de él, realmente—, se viste de rojo y se pinta los labios de un carmesí brillante. Así, convertida en pura pulsión, se va a buscar a Dean para seducirlo, haciendo exactamente lo que Clodagh no se permite ni imaginar.

Visto así, esta lucha entre ellas es casi un duelo psicoanalítico: el choque entre el Súper-yo (el control y la vigilancia de Clodagh) y el Ello (el deseo descontrolado de Ruth). ¿Y quién gana?
Desde el principio, las dos jóvenes monjas tienen una trayectoria dual y contrapuesta. La hermana Clodagh es nombrada madre superiora (en este sentido, es de una jerarquía más alta) y uno de sus cometidos es precisamente mantener a la inestable hermana Ruth bajo control. En un diálogo inicial con la Madre superiora que comunica la misión a Clodagh, la joven cuestiona la idea de llevar con ella a sor Ruth (de quien dicen que está enferma). Clodagh pone en tela de juicio la vocación de sor Ruth y en la respuesta de la superiora se asoma una primera clave de la peli.
Hermana Clodagh: Madre, ¿lamenta que me hayan designado a mí?
Madre superiora: Sí. Yo no creo que esté preparada para ello.
Y es que la madre superiora sabe que Clodagh es modélica e irreprochable, pero (nosotros lo sabremos más tarde) su motivo para tomar los votos tiene que ver con su pasado (que ha querido transformar en vocación con abnegación y esfuerzo). De algún modo, la abadesa equipara a ambas monjas, una excesiva y la otra intachable, pero adoleciendo las dos del mismo problema vocacional.
Por eso el viaje a Mopu, instalarse en aquel lugar para formar el convento, será una prueba para Clodagh y el resto de la comitiva.
El lugar elegido para asentar el convento es un antiguo palacio que el general, gobernador de la región, cede a las monjas (y nos enteramos de que ya se instalaron allí unos monjes pero no soportaron el aislamiento). En su tiempo el palacio cumplió la función de harén (y parece que esta energía sexual está aún viva entre sus muros). Se trata de un lugar aislado, en la cumbre de una montaña, azotado por vientos constantes y con un campanario que se asoma al abismo. Precisamente el incesante viento será una fuerza que amenaza con romper las fachadas de las hermanas. Todas ellas sufrirán allí una crisis de fe o, como Clodagh, verán emerger los recuerdos enterrados del pasado (en su caso, su primera juventud en Irlanda, cuando estuvo prometida con un joven que (cuando ella ya le había “mostrado su amor”) la abandona por seguir su sueño de lr a América, dejándola con el convento como única salida).
Además del escenario y la atmósfera, el catalizador de las tensiones será Mr. Dean (David Farrar), un agente británico que hace de enlace entre las monjas y el general. Se trata de un hombre cínico y rudo que despertará la obsesión sexual de Ruth y los recuerdos del pasado amoroso y suprimido de Clodagh. También la rivalidad entre ellas. Resulta muy divertido ver a Dean, siempre casi desnudo, claramente orientalizado en su carácter y maneras y mucho más abierto en su sentido del placer.

Toda esta tensión que se va cocinando a fuego lento se manifiesta también en las subtramas, por ejemplo las crisis de las otras hermanas, que tienen que afrontar sus propias dudas y fantasmas.
El clímax de la historia tendrá lugar cuando Ruth se ofrece a Dean pero este la rechaza. Finalmente, con el ambiente y la atmósfera totalmente afectados por el desequilibrio de Ruth (o quizás es al revés), se produce una lucha entre Clodagh y Ruth en el campanario. Está claro que solo una se salvará y es Ruth quien cae al vacío y desaparece, pero Clodagh también pierde al ser despojada de su propia sombra, obligada a reconocer que aquel fuego que consumió a Ruth también ardía, silencioso, bajo su apariencia perfecta. Tras este desenlace trágico, las hermanas abandonan Mopu y Clodagh habrá alcanzado un mayor entendimiento de sí misma y una mayor humanidad.

Como curiosidad, en la película también encontramos a una joven Jean Simmons en el papel de Kanchi, una chica tutelada por Dean, al que este manda con las monjas para que la metan en vereda y de la que dice que solo le interesan los hombres y la comida. Es un papel exótico, muy corporal, insinuante, sensual, en el que Kanchi no dice ni una palabra pero expresa una fluidez natural (contrapuesta a la rigidez de las monjas). La sensualidad de Kanchi se ve correspondida además por el joven y vanidoso sobrino del general, apodado por las monjas Narciso negro (por la marca del perfume que usa). Con su naturalidad Kanchi se convierte en otro elemento perturbador, tanto como el perfume sensual y embriagador del joven general.
En definitiva, Narciso negro es una oportunidad de disfrutar de Deborah Kerr en un papel que simboliza una carrera en la que se le permitió ser Clodagh pero no Ruth.

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