Qué hace que conectes con un libro y con otro no, sigue siendo un misterio. Seguro que hay una mezcla de factores, como siempre, y no una sola explicación y tal vez es un poco ocioso tratar de resolver el enigma. Lo que sucede sucede y ya está.
En la tierra somos fugazmente gloriosos lo tenía todo para seducirme. Una prosa poética, imágenes bellas, mucho potencial en esta historia de un chico de origen vietnamita que, a través de una epístola tan larga como la novela, intenta comunicar a su madre analfabeta sus sentimientos, identidad y sexualidad. Un acto de comunicación que es también una búsqueda de sentido, una cura, un lamento, un exorcismo, una canción de amor. La historia nos revela a una familia frágil (abuela, madre, hijo), con traumas de guerra, vacío y mucho dolor, buscando su sitio en el EEUU de los noventa. Todo ello contado por un niño, Perro Pequeño, que transita a la adolescencia y la juventud como puede.
Finalmente la novela queda en mí como sensaciones, fragmentos y pulsaciones, más que como una narración que me haya dado sentido. Uy, qué raro me parece ahora expresar que un libro me pueda dar sentido mientras lo leo (como si pudiera darme forma, palabra a palabra) y además es quizá egoísta pensar solo en lo que el libro me puede dar a mí. Tal vez me frustra que no me haya bastado la imagen, la poesía -que incluso en ocasiones me resultaba artificioso-. Creo que he añorado la sensación de un orden superior por encima de las sensaciones (o mejor que un orden, de un sostén) que me permitiera dejarme llevar por completo. Tal vez es esa sensación (o confianza) de que, como pasa con algunos autores y autoras, por su experiencia, talento…, sea cual sea la historia, estás en buenas manos.
Y, sin embargo, seguiré yo también pensando en Trevor por un tiempo, manzana verde….

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