Tres moscas y tres lecciones vitales

Me encanta la película La mosca. En especial, la versión de Cronenberg del 86. He releído varias veces el relato de George Langelaan en el que se basa. Me produce una mezcla de horror y fascinación. Algún día podemos comentar cosas muy interesantes de la adaptación, pero hoy no me quiero desviar. 

Supongo que lo que quería decir es que, más allá de excitar mi imaginación en obras de Ciencia Ficción, en realidad, las moscas nunca me han interesado lo más mínimo.

Más bien me molestan y me desagradan. Como a todo el mundo.

Sin embargo, en las últimas semanas, han aparecido tres veces en mi vida y he extraído tres lecciones de estos “encuentros”. 

Quizá es relevante mencionar que vivo en un entorno natural, abro con frecuencia ventanas y puertas y no es raro que los insectos vayan y vengan, cambiando de protagonismo según la estación. 

Pero ahí van las lecciones.

Primera lección: escucha a los demás, puede ser la última oportunidad.

A las moscas les gusta la luz, así que esa noche no me resultó raro que la que se había colado en el salón revoloteara cerca de mi lámpara de lectura. A cada rato su zumbido interrumpía mi concentración.

Mi reacción fue espantarla sin mirarla y retornar a mi silencio y mi tarea.

Continuaba tratando de leer, pero el insecto estaba empeñado en importunarme. Se posaba en mi hombro, en mi libro… “Oh, qué pesada eres, tía”, me oí decirle, mientras abría la puerta. “Fuera”. No funcionó, claro. El ciclo volvió a repetirse.

Seguí leyendo con el zuuummm constante, pero, no sé por qué, en una de las ocasiones en que se detuvo en la lámpara, dejé mi Ipad y la observé bien.

Me pareció que era una mosca muy anciana.

Ahora que la estudiaba advertí que su vuelo era un poco fatigoso. Entonces me dije que tal vez esa mosca que tanto me molestaba estaba en sus últimas horas de vida. Y eso me llevo a otro pensamiento: ¿qué hará con esas horas?

Desde mi limitado punto de vista, ella era un incordio, pero ¿qué estaría experimentando ese insecto?, ¿qué necesitaba?

Me vino a la cabeza una idea un tanto peculiar: ¿Cómo podría hacer más agradable sus últimas horas? Estamos tan enfrascados en nuestro universo que nos vemos más allá de nuestra nariz. Por insignificante que fuera, este era un ser vivo quizá apurando los últimos momentos de su existencia.

Se me ocurrió que todo lo que podía hacer era prestarle mi atención. La observé con mucho detalle y así fue como pude entender que era una mosca anciana. No sé explicarlo mejor. Había un desgaste, en su color, en sus alas, en el cuerpecillo…

No hice nada más que reconocer su presencia. Te veo y sé que estás viva. Fue un breve instante de empatía y conexión. Así quedó la cosa, me desentendí de ella y me fui a dormir. 

Al día siguiente por la mañana, el gato me señaló con su interés, en la misma zona de lectura, una mosca inmóvil en el suelo. No sé si él tuvo algo que ver.

Solo sé que la mosca había muerto.

Segunda lección: confía y no des a nadie por muerto antes de tiempo (ni siquiera a ti mismo)

Mi cocina tiene una gran ventana que da al jardín. Desde allí, mientras friego los platos, puedo ver si alguien viene a verme o si mi vecina pasa con el coche cuesta arriba. A veces solo veo los árboles.

Me disponía a fregar las cosas del desayuno que había dejado a remojo en la pila horas antes. Entonces vi que en la taza llena de agua había una mosca flotando.

Vaya por Dios, qué mala suerte. Ha aterrizado en el agua y se ha ahogado. Me da un poco de pena cuando un insecto acaba así. Me imagino a un pionero que se estrella con su avioneta en el océano. Es el precio por ser intrépido.

Nada que hacer. Un insecto que se va a la basura. Y sin embargo, antes de tomar acción, observé. Vi que la mosca, que ahora estaba en la superficie de acero inoxidable del fregadero, había movido un ala. Oh, sorpresa.

Busqué una cuchara para rescatarla de allí, aunque se resistía. Ahora mismo soy tu mejor opción. ¿Tal vez había tiempo de salvarla? ¿Tiene sentido salvar a una mosca?

La deposité en el alféizar de la ventana, al sol y desde allí observé. Advertí que esta vez la mosca era joven. Se notaba en algo que también me cuesta explicar. Diría que se trataba de la elasticidad, la novedad de sus rasgos… no sé.

Desde mi observatorio, vi cómo el insecto frotaba las patas arriba y abajo de su cuerpo, retirando el exceso de agua. Y mientras yo fregaba, atestigué cómo el sol actuaba en ella. Despacio, se recuperaba sobre un pequeño charquito de agua. Unos minutos más tarde, voló y se fue. ¡Bye!

Contra todo pronóstico, la aventura de su vida no acabó en la taza de mi desayuno.

Tercera lección: el esfuerzo no siempre es la mejor opción.

El último episodio hasta la fecha sucedió ayer Y este es un clásico de las moscas, quizá la lección más ejemplar que una mosca puede ofrecer.

Me refiero a la mosca que se estrella una y otra vez contra la hoja de la ventana que está cerrada. Tú tratas de enseñarle que la otra parte está abierta, pero siempre va a elegir estrellarse contra el cristal en lugar de salir. No solo eso, la puerta que da al exterior también estaba abierta. Pero nada, ella lucha y lucha y lucha y lucha.

Mi capacidad de observar moscas había aumentado con las dos experiencias anteriores. Esta también exhibía un volar fatigado y torpe.

Después de intentar la misma operación sin éxito una y otra vez, se posó sobre la mesa, sin fuerzas para esquivar mi mano. ¿Por qué te esfuerzas tanto? ¿No te has dado cuenta de que no te funciona? Si te dejas ayudar te ofrezco una perspectiva mejor que la de estar encerrada en una casa golpeándote contra la ventana. Afuera hace un día magnífico.

La mosca se rindió, únicamente por cansancio. Pero lo esencial es que se detuvo. Cogí un cartoncito en el que ponía: “Best Wishes”, la recogí, salí al exterior, y la dejé en un sitio bastante agradable, al lado de un cactus.

La vida puede ser más fácil. Si te dejas ayudar, claro o si te cansas lo suficiente de empujar…

Epílogo

Hace unas horas, pensando en todo esto, me he acordado de esta mosca y me he dicho: ¿seguirá allí?

Ha hecho un viento terrible y la terraza estaba revuelta, así que era muy improbable.

He salido y no había nada en el lugar donde la dejé. La maceta con el cactus y ya. Previsible. Pero en ese instante una mosca se ha posado sobre la superficie que yo contemplaba. Han sido dos segundos y se ha ido hacia la pinada.

¡Qué casualidad!, ¿no? ¿Qué posibilidades había de que, justo cuando yo me he acercado a ese lugar, una mosca se situara allí? Porque, aunque por este escrito pueda parecerlo, juro que no vivo rodeada de moscas.

Me lo he tomado como un saludo gracioso, ligero y ya está.

Sin lecciones esta vez.

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