Tablas

—¿Alguna vez se han abrazado a ti confundiéndote con una boya de salvación?

Me advirtió que no era una pregunta metafórica en absoluto, pero mi mente se había perdido ya por esos vericuetos abiertos por la pregunta, tratando de recordar alguno de esos momentos en los que todo el mundo exigía respuestas de mí. Los golpecitos impacientes del tenedor me ayudaron a volver a prestar atención a mi interlocutora.

—A mí me ha pasado. Literalmente. Y es muy chungo.

Después me explicó que era instructora de buceo y que realizaba rescates bajo el agua. Como podía entender cualquiera, eso exigía un tremendo autocontrol y una gran pericia técnica.

—La gente se vuelve muy loca ahí abajo.

—También aquí arriba —observé.

—Nada que ver. El ochenta y cinco por ciento de los accidentes mortales bajo el mar tienen su origen en el miedo. Imagínate con los aficionados. Cuando les entra el pánico, se descontrolan y se vuelven muy peligrosos. En su desesperación, se arrancarían el regulador y , si te descuidas, el tuyo también….

—¿El mío? Ah no no. Yo llevaría regular que me arrancaran el regulador…

No le hizo gracia esta réplica, ¿es que acaso no tomaba en serio su labor?, ¿no me impresionaba una vida al filo?

—Puede parecerte cosa de risa, pero imagínate si alguien se quita el oxígeno a quince metros de profundidad y presa de un irracional terror…

—Entiendo, claro… En mi despacho tampoco hay mucho oxígeno y te aseguro que sé lo que es el pánico. Los autónomos nunca están para bromas, lo dejan todo para última hora y luego vienen hiperventilando para que les solucione sus marrones. ¡Y creen que pagar un gestor es un lujo!

—Yo adoro mi trabajo, es lo que más me gusta del mundo. Es excitante y gratificante, pero siempre tengo que estar bien de aquí —se señaló la cabeza.

—En el fondo, todo el mundo quiere sentirse seguro, ¿sabes? Es el lema de mi gestoría.

Llegaron las bravas y por un momento nos concentramos en ellas. Una gaviota nos miraba de reojo.

—No me puedo descuidar nunca. Tengo que manejar la enorme presión de saber que un error por mi parte podría costar una vida. O dos. No creo que sepas a lo que me refiero, afortunadamente para ti.

—Exacto. “Ehhhh, relájate, que nadie se va a morir porque contabilices como gasto una factura rectificativa. Ya lo subsanaremos”. Eso les digo yo, pero nada consuela a los energúmenos de mis clientes. Todo es asunto de vida o muerte para ellos. Por no hablar del chantaje continuo con lo de irse con otro. Más barato, más comprensivo. Alguien que incluya emoticonos en sus e-mails. Alguien con WhatsApp.

—Sabría qué hacer si ahora mismo te atragantas con una de estas patatas.

—Y yo si a ti se te atraganta la renta.

Se recostó sobre el respaldo de la silla y comenzó a reír contagiandome sus carcajadas. A un camarero se le cayó un helado y un niño rompió a llorar. A lo lejos el mar susurraba aún salpicado de bañistas, dividido entre lo insondable y lo mundano.

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