Todos estos años juntas

Yo le digo que el buen café tiene un color oscuro con zarpazos atigrados que vuelve ilusionantes las mañanas, pero ella se empeña en reducirlo a un brebaje pardusco. Añade leche, no en función de mi gusto -que conoce perfectamente-, sino hasta obtener un líquido de un desalentador marrón que me ofrece siempre helado. El truco, como siempre, es beberlo deprisa.

Nada es fácil cuando tiene un mal día. Me pregunto si lo que la mueve es maldad o desidia y el no saberlo me sobrecoge. ¿Me odia o no sabe ser de otra manera? Por ejemplo, ha conseguido que aborrezca mi plato favorito porque me lo presenta como un deprimente regalo ante la visión del cual no sé si dar las gracias o llorar. En el desgastado plato, sobre la comida, algunos puntitos negros, lo justo para que yo dude a cada bocado. Pimienta no es… ¿Se trata de la traza de algo inofensivo o acaso son insectos? Esa idea es suficiente para perturbar mi digestión.

El perro flaco que vive en la casa me suplica con la mirada que le atienda yo y después, con los agradecidos cabezazos de su huesudo cráneo, me deja claro que él haría lo mismo por mí si pudiera. Pero es inútil porque, a diferencia del perro, yo no puedo escapar.

En el tendedero, la ropa parece pedir auxilio, y no solo porque ella cuelga las camisas del cuello, o los pantalones de los camales, como si exhibiera prisioneros, sino porque deja allí las sábanas por días. Las vecinas me escriben “¿Te has ido de viaje?”. Tal es el abandono que proyecta mi casa en sus manos…

Y todo, absolutamente todo, sigue ese malévolo criterio de la desgana y la urgencia. Como eso de obligarme a comer la fruta a grandes bocados para impedirme saborearla. Y si me pregunta después: ¿está maduro ese melocotón, tirante o en su punto?, aún de pie junto al cubo de la basura, donde me obliga a engullirlo, yo no sé qué responder. Y eso parece gustarle. Y más se alegra el día que consigue hacerme vomitar.

Deshace la cama y la mantiene así hasta el anochecer y luego me reprocha que duerme en un agujero. Le complace el caos de nuestro dormitorio y he acabado por resignarme al revoltijo y la penumbra. No me permite usar los armarios y solo se usa la plancha cuando está de muy mal humor. En esas ocasiones, concentrada y taciturna sobre la tabla, parece entablar un diálogo secreto con los chistidos secos del vapor y me provoca una extraña nostalgia no hablar su idioma.

Todo esto pasa inadvertido a la gente. Sucede siempre en nuestra intimidad.

Porque nunca me deja sola… Ni cuando trabajo, ni cuando descanso o trato de relajarme. Si en las noches vemos alguna película, se identifica con los peores personajes, solo para asustarme. Tiene debilidad por los fracasados y no me deja seguir el hilo argumental. Sus comentarios mordaces eclipsan la diversión y, si quedan cinco minutos para el final de una emisión y yo muestro interés en conocer el final, me apaga la tele con un rotundo “se acabó por hoy”.

Tampoco es fácil refugiarse en la lectura. Sabedora de que las necesito, se ocupa de mantener mis gafas siempre fuera de mi alcance, aunque esto me obligue a acurrucar mis ojos… “Esfuérzate un poco más”, dice, atenuando la luz.

Por supuesto, no aprueba mi aspecto y no pierde ocasión para comentarlo. Y eso que es evidente que nos parecemos. A pesar de eso, suele hacer comparaciones muy desafortunadas entre mi persona y las cucarachas. Y me deja La metamorfosis de Kafka en un lugar destacado del salón, solo para mortificarme.

A veces me obliga a caminar kilómetros para ir a comprarle chicles. Me envía al supermercado más lejano en las horas de mayor calor y cuando regreso, muerta de sed, me esconde el agua y se encoge de hombros.
Interrumpe mi sueño por las noches y me obliga a madrugar cuando no es preciso, con cualquier pretexto. Aunque escuchamos el mar desde casa, no me deja pisar la playa. ¿Acaso te lo mereces? es su respuesta habitual cuando suplico que vayamos a algún lado.

Si, cansada de sus gestos, le exijo que me valore y me cuide, se ríe. Especialmente si reclamo respeto. Entonces se pone seria y dice con un tono algo triste y muy familiar: “Eso no te lo crees ni tú”. A veces me parece que pronunciamos al unísono esa frase. Y la sigo escuchando mucho tiempo después de dicha, una y otra vez, en diferentes tonos, desde el más grave al más agudo, hasta que se hace indistinguible de los aullidos del perro.

La nuestra es una intolerable convivencia: ácida, amarga y fría como ese café que no soporto pero sigo bebiendo cada mañana. Lo sé: podría acabar con todo esto y evitarme una úlcera. Podría abrir las ventanas y mostarle la salida.
Podría echarla de nuestra casa, olvidar todos estos años juntas y sacarla de mi interior.

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