Una historia real

Verano, campamento. Tienes diez años. No es un sitio bonito, como te han dicho que es Asturias, por ejemplo. Esto es árido y hay una balsa de riego para bañarse, versión rural de una piscina recreativa. El agua es verde y densa como una pecera en horas bajas. Seguro que los peces ni se conocen.
Para comer hay lentejas. Quizá la cocinera os odia, es lo que te sugiere agosto y lentejas. Tu plato es uno de esos ligeros, como un casco de soldado, esos de los que quitan el apetito y consiguen que cualquier comida parezca un castigo. Remueves y remueves el espeso guiso… “¡Bueno, ya no quiero más!”, decides. Y te levantas con ímpetu. Así deben rechazarse las cosas, con seguridad. Sujetas el plato con las manos por debajo, como quien lleva una ofrenda. Los demás aún comen. Entonces, un paso en falso, un tropiezo y el plato se escapa de tus manos. Parece que quisiera echar a volar. Lo agarras, lo justo para acompañar su vuelo y su contenido -prácticamente no has comido-. Pero, porque la vida es así y la ley de Murphy ya regía aunque no la conocieras, el plato acaba justo sobre la cabeza de la niña más guapa del campamento. Plof, encaja perfecto en su cabeza rubia. Las lentejas se deslizan por su melena.
Estupor, asombro, temblores. Parálisis. ¡Oh, Señor! Después sabrás que Einstein dijo que el tiempo es relativo. No hará falta que te lo expliquen.
—Juro que no lo he hecho adrede. (Jurar no está bien, pero la ocasión requiere de algo más que un “prometo”).
Miradas escandalizadas. Nadie da crédito. Creen que te has vuelto loca. ¿Cómo no va a ser a propósito? ¿Es que acaso se puede coronar reina a alguien, con tanta grandeza y precisión, sin tener la más elevada intención de hacerlo?
El caldo pardusco gotea por la frente de la reina, aunque ella conserva la dignidad.
—¿Quieres que te lave el pelo? —(Estás dispuesta a ser su lacaya durante un par de años).
—Déjalo.
Te parece que es un momento inmejorable para abandonar la escena. Con el plato, claro. Lo recuperas y te fijas en esa coronilla cubierta de lentejas. ¿Deberías añadir algo? No, mejor no.
Huyes.
El sol derrite hasta los malos presagios, aunque tú ya has hecho planes, por si acaso. Según Félix Rodríguez de la Fuente, podrías vivir en el monte hasta que te adopten unos lobos. Sí, podrías escaparte y alimentarte de galletas Príncipe.
Pero la historia no ha concluído. Has visto a la reina levantarse y cruzar la explanada, sola, sin séquito. Ahí está, con la espesa cabellera parda.
La observas. La reina se tumba de espaldas a la balsa y deja caer su pelo rubio en el agua verde. Y allí permanece, serena, como una ninfa recuperándose de un mal día. Majestuoso y práctico. Los peces ciegos degustarán el plato de la cocinera.
Te cae bien la reina de las lentejas.
Sigues mirando desde tu privilegiada posición y decides que la cosa no está tan mal. Sabes que recordarás esto, -el calor, tu tierna torpeza, la benevolencia de esa chica-, y algún día se lo contarás a alguien, idealmente mientras coméis un plato de cuchara. Y tú dirás: “¿Sabes?, te voy a contar una historia muy buena…”

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