Tres aspectos del cuento

El cuento (o relato breve, o microficción…) es una de mis formas favoritas de ficción y acudo a él siempre que tengo ocasión, como lectora y autora.  De hecho, en los próximos días os presentaré Algun día nuestros ojos verán, un libro con veinticinco relatos cortos que tengo ya casi, casi, listo. Mientras eso llega, aprovecho para compartir algunas reflexiones sobre el género.

Habitualmente, se suele identificar y/o categorizar el cuento por su brevedad, quizá porque este aspecto formal es el más evidente de apreciar. Lo cierto es que no es fácil dar definiciones (puede que no sea ni necesario), porque , al margen de su extensión, el relato corto admite muchísimas posibilidades, temas y enfoques y ahí reside uno de sus atractivos.

Hoy, quiero tomar una idea de Mempo Giardinelli, novelista, poeta, ensayista, cuentista y teórico del cuento, director durante años de la revista “Puro cuento” (1986-1992).

Dice él en su libro Así se escribe un cuento (1992) que el cuento es alusión, ilusión y elusión.  Más allá de un juego de palabras, este trinomio me encanta para subrayar tres características del relato corto.

Es alusión porque refleja una realidad, independientemente de que el cuento sea realista o no. Toda producción escrita se enmarca en una cultura y da testimonio de ésta. Aun cuando leamos un relato de ciencia ficción, en él están las claves de la realidad de su tiempo. De modo que, con la realidad como punto de partida o punto de llegada, el cuento nos ayuda a entender.

Es ilusión porque se nutre del ingrediente más necesario y el mejor patrimonio de un autor/a: la imaginación. Decía Juan Rulfo que esta da forma a los tres puntos de apoyo de un cuento: personaje, ambiente y modo de expresión del personaje. Para él esta función creativa humana era la clave de la escritura: 

La imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a adivinar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando: cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.

Finalmente, es elusión porque la sutileza es una de las armas más potentes del (buen) cuento. Por su brevedad, muchas veces recae en el lector la tarea de completar el sentido que apunta. No es que un relato no pueda —o deba o escoja— tener un final rotundo (si esa es la voluntad del autor), sino que el cuento siempre  evoca, dejando en el aire pistas, ecos, que parten del texto y se construyen de manera única y personal en la mente de quien lee. Precisamente el diálogo con el lector es uno de los mejores estímulos del relato breve (y uno de los que tienen mayor capacidad de transformación) ya que, por su concisión, conecta de una manera muy directa y no permite distracciones.

El cuento, en definitiva, es una invitación a vivir una experiencia de concentración y revelación, aludiendo, eludiendo, ilusionando… Y eso, en esta época, ya es mucho decir.

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