El catálogo

“¿Qué se puede esperar de una mujer que fuma en pipa?”. Iban en el coche camino de la cena y llevaban ya una hora de ruta. “Ya…”, asintió sin ganas… No iba a entrar en esa conversación. No pensaba dejarle ni un centímetro al que agarrarse. No entendía por qué Juan tenía que buscar la aportación mundial de las personas en cada gesto banal. ¿Qué diablos tenía que esperarse de Madame Singleton? A ella le había gustado por teléfono y punto. “Una mujer sola viviendo en esa casa tan grande…”, Juan insistía. “Seguro que tiene un montón de gatos”. “Oh, mira”, Eva señaló al otro lado de la ventanilla, “¿Has visto? Un ciervo enorme”,“¿dónde?”, “justo allí, míralo… se mueve entre los matorrales”. Funcionó. Juan se distrajo y comenzó a hablar de cotos de caza. Era así de simple, su mente era como una carretera comarcal estrecha y trazada en línea recta. Siempre lo veías venir.

Un letrero anunciaba la proximidad del desvío que tenían que tomar. Siete años de rutinario matrimonio pesaban. A Eva se le empezaba a hacer muy cuesta arriba. Y sabía que sólo estaba al pie de la montaña. Entonces Úrsula, en la oficina, le había dado la tarjeta de Madame Singleton. “Si no llega a ser por ella, mi matrimonio se hubiera ido al garete”. Eva era un poco escéptica y no encontró más referencias de aquella mujer que algunas fotos de Internet en las que se le veía sonriente, pipa en mano, pero Úrsula era eficiente en todo. Te encontraba el mejor fontanero; conocía el restaurante más apropiado para ese día especial o el médico que te iba a librar para siempre de las otitis. Y siempre acertaba.

Llegaron a la hora prevista. Madame Singleton vivía en una finca enorme arropada por un pequeño bosque privado. “Xanadú”, leyó Juan en la verja de hierro con un tonito burlón, “como el centro comercial”. Eva no se molestó en corregirle ni en mencionar a Orson Welles. Hacía tiempo que Juan buscaba cualquier excusa para burlarse de sus intereses culturales. A él solo le interesaba su trabajo y la caza. Nada más. Le hubiera gustado que tuviera alguna afición, aunque fuera cerril, como el fútbol, algo que le enseñara alguna dimensión más de su persona, que dejara espacio para descubrir otros matices, pero Juan, había que admitirlo, era un televisor en Blanco y Negro con solo dos cadenas.

Eva agradeció que en la cena hubiera otras parejas. Aunque en una situación similar, todos le parecieron más sonrientes y felices. Madame Singleton presidía la mesa. Les preparó un opíparo banquete vegetariano. Y a continuación les hizo partícipes de la metodología de su plan. Habría una evaluación de los casos y el resto serían actividades de mejora de la convivencia. Juan protestó por lo bajín. Que hubiera accedido a ir allí no significaba que creyera ni una sola palabra. Peor cara puso cuando Madame Singleton los invitó a bailar ordenando cambios de pareja cada vez que sonaba una campanilla. Cuando, una hora más tarde, se fueron todos a sus habitaciones, Juan echaba chispas: “Espero que no hayas pagado mucho por esta tomadura de pelo. Esa tía está totalmente chiflada. Me da repelús” ,”¿Has traído el cortaúñas? Me está matando el pie”. Eva apagó la luz. También ella se sentía decepcionada, pero no por los métodos de la anfitriona, sino por su propia obstinación. No podía dormir, había luna llena, por la ventana entraba una fragancia a espliego y tomillo. El sitio era muy bonito a pesar de… Juan. En ese momento se dio cuenta de que no quería arreglar su matrimonio.

Juan dormía a pierna a suelta. Eva se había puesto los tapones. Abrió los ojos. Una figura alargada que tardó en identificar como Madame Singleton le tocó el brazo suavemente. Se llevó un dedo a los labios y le indicó con un gesto que la acompañara. Eva siguió a la mujer, que permaneció en silencio todo el trayecto. Anduvieron por la casa en penumbra, bajaron unas escaleras y entraron en una especie de gabinete. Madame Singleton encendió una luz, sacó una hermosa pipa de nácar de un cajón y empezó a cargarla. “Admitámoslo. Su marido es un auténtico cretino”, fueron sus primeras palabras. “Supongo que hay una razón por la cual no se puede usted divorciar”. Y estaba en lo cierto. Al menos por el momento. Eve odiaba admitirlo, pero no tenía independencia financiera, con su trabajo a media jornada, ni medios para empezar por su cuenta. Un mal arreglo pre-matrimonial era la causa de todo. Madame Singleton la tranquilizó, ya contaba con todo aquello, lo había oído cientos de veces. A su taller solo acudían los casos más desesperados. Había un porcentaje que tenía arreglo, como el de su compañera Úrsula. Y otro que no lo tenía, como el de Eva y Juan. Ella sentía ser tan franca, pero era así de evidente. “Lo veo en sus ojos, querida”. De todos modos, y una vez asimilado el fracaso matrimonial, ella era la persona adecuada a la que acudir. Resolvía esos matrimonios con diversas soluciones. Por eso la suya era una asistencia excepcional. Trabajaba de un modo muy exclusivo. Eva estaba intrigada. “¿A qué se refiere con resolver los matrimonios?, ¿tiene un gabinete jurídico?”. En caso de divorcio, Juan había resuelto que ella lo perdería todo. Madame Singleton la miró, acariciaba un enorme zafiro que llevaba en el dedo anular. “Setas venenosas, atraco con violencia, bala furtiva, accidente doméstico, frenos defectuosos y… este es mi favorito… atropello por jabalí salvaje”. Eva pestañeó varias veces y Madame Singleton, lejos de afirmar como ella esperaba que aquello era una broma, volvió a darle un repaso a su catálogo criminal. Después le dijo que la garantía de efectividad era del cien por cien. Siempre ofrecía un trabajo limpio. Podía pagar a plazos con una financiación muy interesante. Su marido ya no sería un problema. Nunca más.

Pasado unos minutos de estupor, Eva se sintió obligada a aclarar que, aunque no quería a Juan e incluso lo detestaba, era incapaz de pensar en el asesinato como solución. Madame Singleton sonrió dulcemente, le ofreció un bombón y le dijo que se lo pensara: “Es usted muy joven. Y se equivoca si cree que va a poder salir de su matrimonio. Está usted atrapada, encadenada del modo más tonto y venenoso”. Eve miró el bombón. ¿Sería una de las armas de Madame Singleton? “Se marchitará usted en un mortífero y anodino matrimonio. Es absurdo, si lo piensa”. Madame Singleton se despidió. Eva regresó a la habitación donde Juan seguía roncando. No pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente hicieron todos juntos una excursión por los alrededores. El objetivo era redescubrir a la pareja disfrutando de un nuevo entorno. Juan estuvo todo el tiempo consultando su teléfono móvil y quejándose de la poca cobertura. Estaba impaciente por volver a la ciudad y no paraba de resoplar. Madame Singleton, a cada rato, buscaba a Eva con una mirada afable que parecía invitarla a repasar el catálogo de la noche anterior. Pero ella se negaba a aceptar esa posibilidad. Juan era un plasta, sí, pero no podía matarlo. Esa tarde le pidió a su marido que regresaran a casa. Le dijo que le dolía la cabeza y prefería adelantar la vuelta. Juan estuvo de acuerdo. Se despidieron apresuradamente. Madame Singleton no les pidió explicaciones.

Ya en el coche, Eva empezó a notar un martilleo en las sienes. “¿Qué se puede esperar de una mujer que fuma con pipa?” de nuevo Juan atacaba, con los mismos manidos arumentos. “Es una marimacho amargada”. Eva no contestó. No tenía ganas de hablar. Sólo quería llegar a casa, tomarse un analgésico y tumbarse. Aguantó la matraca de Juan estoicamente.

Estaban ya en la ciudad y Juan buscaba el mando del garaje. “¿Te puedes pasar por el supermercado entes de cenar?”, dijo él.  “No me queda descafeinado para mañana”. Fue un comentario tonto. Pero a Eve le cayó encima una piedrecita de monotonía conyugal. Fue pequeñita, pero sabía que era inevitable lo que seguía. La avalancha se iba a producir, piedra a piedra, sin remedio. Y supo que llamaría a Madame Singleton. Atropello por jabalí salvaje estaba bien.

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